Don José ('Pepe') Miranda Cabo
Mi abuela doña Carmen Miranda Cabo (1914-2010) era toda una señorona. Nacida entre algodones, aunque endurecida por la fuerza de su sangre (y las circunstancias), el designio de sus padres no fue distinto al de otros ejemplos contemporáneos: recibiría una fina pero básica instrucción y formación religiosa para convertirse en fiel esposa, celosa madre y dirigente de su casa, pues de casta le venía el ordenar y mandar. De su gesto adusto se dejaba entrever, sin embargo, un corazón que ardía por su familia, a la que protegía y quería cerca suyo en todo momento, sobre todo cuando le atenazaba la idea de quedarse sola.
En ese sentido, el miedo a la pérdida era el síntoma, sino la consecuencia, de su experiencia con la muerte. Su padre, don Antonio Miranda-Altamirano González (1860-1932), había fallecido en 1932 y dos años más tarde, su hermano menor, don José [Manuel] ('Pepe') Miranda Cabo (1917-1934). Es decir, que con su luto cubrió un duelo que se prolongó entre los 18 y los 20 años; más hondo, si cabe, dadas las circunstancias en las que había fallecido el segundo. Cuando contaba la tragedia de Pepe lo hacía con la consternación del que la tiene reciente, como el que se lamenta por una herida que aún escuece. "A mi hermano lo mató un comunista", recuerdo que decía. "Se había ido con unos amigos al Puente (por entonces en el municipio limítrofe de Canedo) a tocarle una serenata a una chica y alguien le disparó desde las sombras". "¿Y por qué razón?", me preguntaba, pero su respuesta sería siempre muy vaga: que si la envidia, la rivalidad... Lo importante, según mi abuela, era que a su hermano se lo había arrebatado un comunista (o varios, ya que su relato iba cambiando) y fin de la historia. Yo lo dejaría estar, sin ir más allá del trazo general, hasta que el fallecimiento de mi abuela me apremiara a avivar un recuerdo que ya sólo sobrevivía en un álbum familiar.
Hace cosa de un año volvía a abrir ese álbum, reparando, como tantas otras veces, en una fotografía de 1934 en la que se ve a mi tío abuelo Pepe cogiendo en brazos a mi padre, prácticamente un recién nacido (ver imagen inferior izquierda). Comparándola con otras fotos fechadas anteriormente, el gesto de mi tío abuelo ya no era el mismo: se había endurecido por el dolor físico que le aguijoneaba. La bala que a fin de cuentas segaría su vida le había desgarrado la frente de un lado a otro, dejando en su lugar una placa metálica oculta bajo la piel que el cirujano, Dr. Luis Santos Ascarza, introduciría en la operación que realizó de urgencia la noche del fatídico hecho. De su lastimosa convalecencia no parece dar cuenta el resto de fotografías, donde se le ve activo tanto en la boda de su hermano mayor, don Antonio Miranda Cabo (ca. 1910-1999), como junto al cuñado de éste don Ricardo Alarcón Núñez, destacado odontólogo de la ciudad de las Burgas (ver imagen inferior derecha). Sin embargo, la tranquilidad de su casa de Parada de Amoeiro, en el solar familiar del Pazo de Miranda, se vería desgarrada, cuenta mi padre, por los alaridos de dolor que traían consigo la negra presencia de la muerte. Tan pronto expiró, no sólo empezaron a agitarse los incensarios, sino también el ánimo de aquellos que lo estimaban, preguntándose en el fondo de sus corazones qué había pasado para que un muchacho de 17 años malograra así su vida.
Todo comenzó una calurosa noche de verano del 30 de junio de 1934. La ciudad de Orense bullía de actividad. Se celebraba entonces la VII Asamblea Regional de las Juventudes Católicas, a la que habían acudido jóvenes de toda Galicia. A la cabeza de la misma figuraban espadas de la fe como el obispo de Orense, don Florencio Cerviño; diputados a Cortes, como don José Sabucedo, de Renovación Española, o don Carlos Taboada, de Acción Popular Agraria. Incluso había acudido el mismísimo presidente de Acción Católica, don Ángel Herrera Oria, quien, al igual que sus colegas, repartiría las jornadas entre misas y conferencias; entre el reclinatorio y la arenga, donde fe y política se encontraban en cristianísimo abrazo, por mucho que se insistiese desde la bancada de autoridades en disuadir a los presentes de intervenir en la lidia de los tiempos.
Según relata el diario Galicia en la página 6 de su nº 1204 del 3 de julio de 1934 (la principal fuente de información sobre cómo pudieron haber sucedido los hechos), después de celebrada la Hora Santa en la iglesia de Santa Eufemia, pasada la medianoche, catorce muchachos de las Juventudes Católicas de entre 17 y 18 años, entre los que se encontraba mi tío abuelo, decidieron acompañar a uno de ellos hasta su domicilio en la Carretera de Santiago, en las inmediaciones de la estación de ferrocarril (ver imagen inferior). Una vez allí, le pidieron un acordeón para hacer "un rato de velada común en la carretera", lo que podría asociarse al propósito mencionado por mi abuela en su relato (el de dedicar una serenata a una muchacha). Llevarían un rato apostados frente al muro que rodeaba la estación, cuando de repente atronó el ruido de hasta cinco o siete disparos que salieron de las sombras. Con el grupo en desbandada, dos compañeros, Ricardo Taboada, herido, y José Vicente Lage, lograron reponerse de la descarga y trataron de dirigirse al lugar de donde parecían proceder los disparos, al otro lado del muro. Sin embargo, en el acceso más cercano al lugar de los hechos, los dos jóvenes se toparon con un guardián que les cerró la cancilla en las narices, impidiéndoles el paso, mientras el supuesto criminal cruzaba las vías, huyendo de la escena. En el suelo de la misma, con el acordeón a sus pies, yacía mi tío abuelo inconsciente, con la frente ensangrentada del disparo que había recibido, siendo trasladado de inmediato a la casa de socorro para ser intervenido de urgencia.
La noticia continuaba con los pormenores de las diligencias y los primeros pasos de la investigación, que ya señalaba a un tal José Villar Lafuente como principal sospechoso. Tal y como pude averiguar a través de la hemeroteca y los fondos documentales de Galiciana y el proyecto "Nomes e voces", y contando con la inestimable ayuda de la monografía de don Julio Prada, Ourense, 1936-1939: alzamento, guerra e represión, así como con la de un artículo de don Raúl Soutelo ("O Anxo de Montesnal. Investigación e didáctica da represión franquista en Galicia partindo da memoria oral dun home bravo que non se deixou cazar"), en 1934 Villar era un recaudador de contribuciones de 31 años, afiliado al Partido Comunista de España (PCE), que, a resultas del atentado de su presunta autoría, se convertiría en una de las "bestias negras" de la derecha local, llegando a sabotear las máquinas de tren durante la huelga revolucionaria de octubre del mismo año. Según anotaba el Galicia, aquella madrugada había sido detenido por la policía en su propio domicilio, muy cercano al lugar de los hechos, donde se le intervinieron cuatro cajas de proyectiles de 25 cada una y una pistola marca "Star", calibre 7,65, para cuyo uso tenía licencia por razón de su cargo. De una de las cajas faltaban cinco proyectiles, que, asimismo, coincidían con los casquillos recogidos en la escena del crimen, y, además, el arma había sido disparada poco antes. En la declaración reproducida por el cotidiano, Villar manifestaba haber estado en la estación de ferrocarril hacia las 00:30, volviendo a aparecerse por allí, dice, a raíz del revuelo generado por los disparos, que le habían levantado de la cama.
Anteayer, en Parada de Amoeiro, fue conducido a la última morada el cadáver del que fue nuestro entrañable amigo Pepe Miranda. La solemne ceremonia de su entierro, estuvo concurridísima, asistiendo a ella numerosos jóvenes de esta ciudad, que iban a tributar al amigo muerto un último y fervoroso homenaje. ¡Tan querido era de todos aquellos que tuvimos el honor de tratarle!
Pepe Miranda, buen mozo, locuaz y simpático, no merecía, en verdad, este tan temprano e injusto fin. No hemos de acudir al socorrido tópico de que la muerte no respeta edades ni ilusiones; pero nuestro dolor ante el definitivo ocaso de los diecisiete años de Pepe Miranda es muy grande para que podamos ocultarlo. ¡A los diecisiete años, cuando sólo importa el azul...!
Pero el desconcertante fin llegó impuesto por la Fatalidad cabalgando en una bala sin motivo, que atravesó la noche suave de junio dibujando la trayectoria del ser al no ser. Y una riente juventud fue desgarrada cruelmente; la senda de una vida luminosa ha sido cortada.
Los que fuimos sus amigos, los que algunas veces hemos compartido diversas jornadas con él, sabemos -¡cuán bien!- la bondad que atesoraba el alma excelente, sin mácula, de niño grande, de Pepe Miranda. Y ahora, cuando ya se ha ido, cuando tenemos la dolorosa certidumbre de que aquella juventud lozana ha partido, su figura se agiganta cada vez más y vivirá eternamente en nosotros.
Su corazón, que albergaba magníficas dotes y elevados sentimientos, marcó durante su breve paso por la vida una huella imborrable, que el tiempo, ese compás incesante, no conseguirá hacer desaparecer.
En el acto de sepelio figuraban numerosas comisiones de la Juventud Católica, a la que perteneció Pepe Miranda, de la Juventud de Acción Popular y Acción Popular Agraria, además de las numerosas y selectas amistades con que en esta ciudad cuenta su distinguida familia.
Sobre el féretro se destacaban varias coronas con sentidas dedicatorias y muchos ramos de flores, que eran como una ofrenda a su juventud.
La tierra, voraz otras veces, acogió ésta levemente el féretro donde reposaba Pepe Miranda; se abrió sin sentirse herida y plegó su manto sobre él, con el divino cuidado de su piedad. ¡Una primavera, que desconocía en absoluto las muecas trágicas del invierno, volvía a ella...! Pepe Miranda, primavera apagada, ¡descansa en paz! (...)




Maravilloso, Pablo… todos hemos oído tantas veces la historia del hermano Pepe… pero la has llenado de luz… Gracias por este regalo❤️
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