Don Antonio Miranda-Altamirano González
Ir de visita a casa de mis padres significa hacer una revisión de mis memorias. Aun cuando tengo la oportunidad, no dudo en subir a la buhardilla y revolver los trastos con afán nostálgico en busca de aquello que pueda elevarme en espíritu y transportarme al pasado más añorado. Entre juguetes, materiales escolares y libros, descubro un sillón giratorio de madera, con su sitial ligeramente escorado. ‘¿De quién sería?’, me pregunto, pues son tantos los muebles antiguos que pueblan mi casa que siempre doy por hecho que han tenido otros dueños. Mi padre aclara: ‘ese sillón era de mi abuelo, y la tara que ves es el resultado de haber soportado su peso’. Así lo confirmo aferrándome a la única fotografía que de él conservo (ver imagen inferior). Se trata de un retrato grupal en el jardín de la casa de Parada de Amoeiro, posiblemente realizado a principios de la década de 1920: don Antonio se sitúa el cuarto por la derecha, sentado, con bigote prominente, embocando un cigarrillo. Está flanqueado por un niño (que bien pudiera ser don Antonio Vázquez Miranda, del que alguna vez contaré su historia) y un sabueso; el mismo que aparece en un retrato de Pepe Miranda niño en la huerta de la casa familiar de la Calle del Progreso, en Ourense. La impresión que deja este borroso vistazo a mi bisabuelo, por encontrarse lejos del objetivo, es, en el plano físico, la de un hombre corpulento, y, en lo social, la de hombre notable (por su vestimenta), figura protectora (por cómo rodea al niño con su brazo) y aficionado a la caza, de lo que dan cuenta no sólo los canes de la fotografía sino también las historias que han llegado hasta mí.
Dicho todo esto, y siendo conocida parte de su faceta, al pensar en (imaginar a) mi bisabuelo no puedo evitar que acuda a mis mientes la imagen del padrone Alfredo Berlinghieri en el clásico de Bertolucci, Novecento (1976). En los primeros compases del largometraje, el personaje interpretado por Burt Lancaster estalla de alegría al enterarse del nacimiento de un nieto varón. Una buena nueva que no duda en compartir con todo el mundo, incluidos los jornaleros de su fattoria, a los que invita a festejar con champán. Así, haciendo gala de una campechanería rayana en lo chabacano, pero consciente de su posición, Alfredo se erige en modelo universal del terrateniente latino: conservador, paternalista y, en el contexto de comienzos del siglo XX, decadente como su lívido. Lo curioso del asunto es que se acerca bastante a la realidad.
Hacia 1860, año del nacimiento de mi bisabuelo, Galicia presentaba un panorama socioeconómico muy poco halagüeño. A pesar de contar con una población que superaba la media de la del resto de España, fruto en parte de los tímidos avances en agricultura, de la diversificación de la alimentación y del desarrollo de las industrias textil y conservera, la concentración de la tierra en manos de la nobleza y el clero, ajenos a la idea de convertir las actividades agrarias en una fuente de excedentes, puso a Galicia a la cola de la transición de una economía tradicional a otra industrial y capitalista. Uno de los obstáculos que dificultaban el camino hacia el “progreso” era la cuestión foral. Desde muy antiguo, la nobleza y el clero gallegos solían ceder mediante foro el usufructo de la tierra a otra persona o forero a cambio del pago de unas rentas, pero, con el paso del tiempo, estos últimos se las habían ingeniado para subarrendar (subforar) la tierra a los campesinos, llegando a percibir incluso rentas más altas que las que tenían que pagar a los foristas. Esta figura, la de los señores medianeros, que no eran otros que los viejos infanzones o hidalgos, privilegiados constructores y habitantes de los pazos, sería clave en la sociedad gallega de los siglos XVIII y XIX, constituyendo un ejemplo de adaptación y supervivencia en los albores de la sociedad moderna.
Y es que buena parte de la vida de un hidalgo gallego del siglo XIX transcurría entre denuncias, demandas y pleitos entre parientes y vecinos cuyo resultado podía dictar su futuro y el de su familia, poco a poco mermado en el plano patrimonial por la abolición del régimen señorial, las desamortizaciones y la progresiva redención de foros. Ya mi tatarabuelo, don José Manuel Miranda-Altamirano González, se había caracterizado por enfrascarse en numerosos procesos por embrollos de herencias y propiedades que, en parte, quedarían solapados por su carrera política, primero como moderado en las décadas de 1850 y 1860; neocatólico pasado a las filas del carlismo durante el sexenio democrático (1868-1874) y, con la Restauración borbónica (1874-1923), como conservador adscrito a la figura de don José Ramón Bugallal. Tan presentes estaban estos líos en la vida de mis antepasados que incluso los prolegómenos al nacimiento de mi bisabuelo serían motivo de denuncia ya en 1866: su abuelo materno, don Pedro González, denunciaba a su padre José Manuel por rapto y estupro de doña María Asunción González Caride, su madre. La causa, por inconsistente, quedaría sobreseída, y el objeto de la denuncia, que no era otro que el de reclamar la dote de la doncella, ya nos dice a las claras que el patrimonio de los Miranda era cosa codiciada por todos. De ello dan cuenta tanto la condición de mi tatarabuelo como rico propietario, maestrante de Ronda, en la lista de los 50 mayores contribuyentes de la provincia en 1871, como su elección a candidato a senador, alcalde de Amoeiro y diputado provincial. En ese sentido, mi bisabuelo heredaría no sólo la mayor parte del patrimonio familiar, incluido el de Trujillo (Cáceres, Extremadura), adonde viajaba asiduamente, sino también los problemas inherentes al mismo.
Sobre cómo afrontó tales inconvenientes no tengo una respuesta documentada y fehaciente, como tampoco la tengo sobre gran parte de su vida, desconocida en cualquier caso tanto por mi padre como por mis tíos y sus primos, que nacerían algunos años después de su fallecimiento. Para la reconstrucción parcial de su figura pública me valgo tan sólo de los retazos que su nombre ha dejado en algunos artículos científicos y monografías, los boletines oficiales de la provincia y la prensa local, así como de los testimonios de algunos vecinos, recogidos convenientemente en la década de 1990 por el historiador Raúl Soutelo Vázquez, al que agradezco haber puesto varios de ellos a mi disposición. El resto, sea acierto o no, es interpretación o conjetura solamente mía.
El segundo Antonio de los Miranda, después de su tío (fallecido en 1878), fue el primer hijo varón del matrimonio formado por José Manuel y María Asunción, fallecida antes de que aquel cumpliera 18 años. Tenía un hermano, Darío, que supongo no sobreviviría a la niñez, y dos hermanas, doña Eduvigis (1863-1924) y doña Aurelia (1860-1939); esta última, abuela del que sería incombustible alcalde socialista de A Coruña y embajador de España ante la Santa Sede, don ‘Paco’ Vázquez. De su educación se podría inferir que recibió una instrucción lo suficientemente sólida como para desempeñar la principal función que se esperaba de él, esto es, administrar la hacienda y gobernar el municipio, tal y como había hecho su familia. Conforme fue apagándose la vida del patriarca, golpeada en sus estertores por un pleito con su primo, don José Álvarez-Salgado Miranda, don Antonio hubo de coger el timón de la nave familiar, cuyas doradas y cargadas bodegas contribuirían a la zozobra de la embarcación en cuanto se desatase la tormenta. En 1904, habiendo sido nombrado alcalde de Amoeiro por primera vez, se encontró un grave asunto en la mesa de su despacho: sus hermanas Eduvigis y Aurelia se habían querellado contra él “sobre pago de pesetas y otros extremos”[1], a causa (imagino) de la herencia de su difunto padre. Sea como fuere el resultado, del que no tengo noticias, lo cierto es que el litigio, así como otras rencillas, acabarían distanciando (así lo confirma mi padre por boca de mi bisabuela) a Antonio y Eduvigis, casada con el sucesor de mi tatarabuelo en la diputación provincial a principios de la década de 1880, don Ignacio María Moreno Pérez (1852-1943); ambos, bisabuelos del reputado pediatra orensano don Federico Martinón Sánchez. Por otra parte, hacia finales de la década de 1900 don Antonio contaba ya casi 50 años e iba siendo tiempo de buscarse una esposa y formar una familia, cosa que encontraría en la maestra de escuela, natural de Ponte Caldelas (Pontevedra), doña Carmen Cabo Couñago (1878/1879-1958) (ver imagen inferior, cedida por Isabel Miranda Alarcón: de izquierda a derecha figuran mi bisabuela, mi abuela y mi tío abuelo, ca. 1915). También de alta cuna, mi bisabuela era sobrina nieta por parte de madre de don Juan Manuel Pereira de Castro (1820-1896), señor de la casa de Reboreda (Redondela, Pontevedra), político y diplomático del siglo XIX, protagonista de la novela de Ramón Otero Pedrayo O señorito da Reboraina (1960). Los azares de la instrucción pública la habían conducido hasta A Merca en 1908 y, de ahí, a la escuela de niñas de Parada de Amoeiro, donde presumiblemente conoció a Antonio (puede que a través de doña Rosa Álvarez-Salgado Couñago, hija del citado José Álvarez-Salgado Miranda, y, por tanto, prima hermana de Carmen y prima segunda de Antonio) y se casó con él en mayo del mismo año. Habiendo hecho efectiva la renuncia al puesto, como era costumbre entonces entre las mujeres casadas, muy pronto daría a luz al primero de sus vástagos, mi tío abuelo don Antonio (ca. 1910-1999), y, unos años más tarde, a mi abuela doña Carmen (1914-2010) y a mi otro tío abuelo, don José Miranda Cabo (1917-1934).
Así, la conjunción de una noble sangre, un gran patrimonio y un sillón desde donde dirigir Amoeiro convirtieron al señor Miranda en el hombre con que contaban el ministro de gobernación y el gobernador civil de turno para hacer valer los intereses de los conservadores en el municipio durante la Restauración, teniendo a su disposición una amplia red clientelar que se extendía por toda la comarca.
En el ámbito de lo mundano, queda el recuerdo de su generosidad, capacidad de mediación y buen hacer. Por el día de San Antonio (13 de junio), recuerdan los vecinos, era costumbre acudir a su casa a ofrecerle regalos, mientras que en la epifanía (6 de enero) se dedicaba a dar los Reyes a los niños de la parroquia. Como figura de referencia, vino a poner paz en más de una romería entre los parroquianos de Amoeiro, Parada y Trasalba, quienes rivalizaban hasta el punto de vérselas disparando revólveres y escopetas[2]. Asimismo, se le recuerda por haber facilitado la construcción de la carretera de Parada a O Viñao, abriendo las fincas de su propiedad al paso de la nueva vía, así como por financiar de su bolsillo la construcción de la casa-escuela de Trasalba[3]; causa por la que sería destituido de su puesto de alcalde por orden gubernativa en 1912[4].
En el ámbito de lo sociopolítico, sus empleados, entre los que se pueden contar jornaleros, amas de cría, cocineras, sirvientes, caballerizos y chóferes pagados convenientemente en metálico y/o especie (centeno, vino, madera, etc.), también eran sus colaboradores, especialmente durante las elecciones, cuando no escatimaba en llenar la tripa de los votantes a base de mucho pan y vino. Fueron especialmente de su confianza hombres como Francisco Caride González, a quien proporcionó trabajo como portero del ayuntamiento y labrador de sus fincas, así como los concejales de su grupo, con quienes despachaba periódicamente en el pazo o en la casa consistorial. En ese sentido, familias de extracción labrega como los González, los Parga o los Paradela medrarían a la sombra de su patrón, constituyéndose, a su vez, en una oligarquía campesina ambiciosa, depredadora de la libertad y el patrimonio de sus vecinos, cuyos vástagos no dudarían en radicalizarse una vez sonase la hora de los puños y las pistolas mordiendo incluso la mano que les había dado de comer hasta entonces. Es el caso, por ejemplo, del que sería jefe local falangista en los albores del alzamiento nacional en 1936, Juan Paradela Nóvoa; el de Narciso Vázquez, legionario que había servido como guardián de la casa, pasado a las filas falangistas, o el de uno de los Parga, que ocuparía el puesto de síndico a partir de 1938.
En sus distintas etapas como alcalde (1904-1910?, 1910?-1912?, 1914-1920?, 1930-1931), don Antonio tuvo que enfrentarse a los liberales del tigre de Albeiros, don Emilio González Diéguez, del que se fue alejando progresivamente a pesar del turno pacífico garantizado desde Madrid, y, sobre todo, al agrarismo local, que ya venía pisando fuerte desde 1914 a favor de la redención de foros, dando altavoz a los intereses republicano-socialistas. Hasta el estallido de la Guerra Civil su adalid no fue otro que Castor Sánchez Martínez, cuyas proclamas harían desmayar a mi señora bisabuela cuando ésta le oyó decir, subido a una cuba en Portecelos: “A terra será pra quen a traballe, que xa Basilio Álvarez nos dixo que a fouce é pra máis que sega-la herba!” Además del boicot del que fue objeto por parte de las sociedades agrarias, durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) don Antonio también tuvo que lidiar con los primeros conflictos en torno a las obras de construcción del ferrocarril a su paso por Amoeiro, que enfrentaban a capataces y sindicatos amarillos, por una parte, y a sociedades y sindicatos obreros, por otro. Así, anciano y aquejado de un mal de cadera, las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, cuyo resultado a nivel rural arrojó el triunfo de las candidaturas monárquicas, lo pusieron en la tesitura, no obstante, de tener que negociar con el propio Castor la entrada de tres concejales socialistas en la corporación. La proclamación del nuevo régimen y la consiguiente repetición de los comicios, sin embargo, echarían por tierra su plan de mantenerse al frente del consistorio, apartándolo definitivamente en favor del que sería el primer y último alcalde socialista de Amoeiro antes de la dictadura franquista.
A mi bisabuelo no le quedó más remedio que esperar y, quién sabe, preparar su regreso. Mientras tanto, la alianza en favor de sus hijos con ciertas distinguidas familias burguesas de la ciudad empezaba a dar sus frutos, yendo a parar literalmente al portalón de su casa: el 10 de septiembre de 1932, poco antes de su fallecimiento, su hija Carmen, apadrinada por su hermano mayor Antonio, se casaba en el solar familiar con el maestro nacional y prometedor abogado don Cándido Cid López, hijo del conocido joyero de los bajos de la catedral, don Manuel Cid Rodríguez. Sin embargo, el patriarca de los Miranda no sobreviviría para ver nacer a su primer nieto, mi padre, pocos meses después. El 3 de diciembre de aquel año moría en su casa de la Calle del Progreso de Ourense, siendo conducido en loor de multitudes a su última morada, en el panteón familiar de la iglesia parroquial de Santiago de Parada.
Quiero imaginar que los avatares de sus últimos años fueron motivo suficiente para buscar inspiración en otros lares, como Marín (de ahí nuestra vieja costumbre de veranear allí), y distraerse en otras cosas que no fueran la administración de la hacienda y los tejemanejes políticos; cuestiones que, pienso, iría delegando progresivamente en su hijo don Antonio.
Quiero imaginar, asimismo, que en el momento de estar próximo a morir a mi bisabuelo le sucedió algo parecido a lo que Chateaubriand cuenta sobre Mme. de Coislin en las Memorias de ultratumba; que alguien decía, al borde del lecho,
que nadie sucumbe sino porque se deja ir; que si se estuviese bien atento y no se perdiese nunca de vista al enemigo, uno no moriría nunca: «Así lo creo yo, pero tengo miedo a distraerme». Y expiró.
[1] El Miño (10-5-1904): 1637: p. 2.
[2] El Miño (2-3-1911): 362: p. 2.
[3] La Región (3-11-1912): 828: p. 2.
[4] La Región (29-10-1912): 823: p. 2.


Gracias, Pablo por contar esa parte de la historia, para mi algo desconocida. Yo tengo un Blog de Parada de Amoeiro que, practicamente, está rellenado con la historia de tu familia, desde la fundación del Coto en 1575, por tus antepasados Leonor Enriquez y Pedro Yáñez en favor de su hijo Suero. Me gustaría saber si podría contar con tu permiso para completar algunos pasajes. El blog, por si quieres echarle un vistazo es: https://paradadeamoeiro.blogspot.com/.
ResponderEliminarUn saludo. Eligio Domarco
Encantado de leer su blog, que me ha dado algunas claves de mi investigación.
EliminarLe agradezco el gesto y consiento en que pueda completar esos pasajes con la información textual aquí aportada.
Reciba un cordial saludo
Tengo unos documentos de tu familia que, si quieres, te los hago llegar
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