Don José Manuel Miranda González Soto y Altamirano

Pazo de Parada (Amoeiro, Ourense). 15 de mayo de 1819. Noche.

El solo crepitar de la llama que caldea el ambiente del salón principal, donde se reúnen doña Ana y sus hijos, se ve interrumpido abruptamente por los presurosos pasos del señor, que irrumpe en la pieza entre maldiciones y balbuceos trayendo en volandas a un desgraciado al que ha desprovisto previamente de la montera, el pañuelo y la chaqueta, que porta bajo el brazo. –¿Qué estabas haciendo?–, inquirió don José Joaquín Miranda Soto y Altamirano ante la mirada atónita de su familia. Pero aquel hombre nada dijo. –¿Qué ocurre, mi señor?–, alcanzó a pronunciar doña Ana. –¡Este! ¡Que andaba a espiarnos en la viña!–, contestó iracundo el Sr. Miranda. –¡Confiesa, cabrón! ¡Querías robar en la casa! ¡¿Y el palo que traías, qué?!–, reconvino este último. Pero nada salía de los labios del que resultó ser el Antonio, hijo de Juana Pérez, vecina del lugar de la Pedriña. Bastó un despiste del viejo para que el mozo lograra zafarse de su captor y echara a correr sin que el Sr. Miranda pudiera hacer nada; tan sólo reconfortar a su mujer y estrechar contra su pecho a su primogénito de dos años. –José Manuel–, le susurró al oído, –algún día te tocará a ti defender esta casa de las alimañas–. Pero nada sabía aquella criatura de las dificultades que entrañaría el mandato de su amado padre[1].

Siete años antes, en plena guerra contra el francés, los representantes de la Nación reunidos en Cádiz habían dado el primer paso en la liquidación del mundo de los Miranda por medio de la Constitución de 1812. Nuestro protagonista viene a este mundo, sin embargo, en medio del revival absolutista que supone el regreso de Fernando VII. Don José Manuel Miranda González Soto y Altamirano nació el 26 de marzo de 1817, “antes de amanecer”, en el pazo de Parada de Amoeiro, fruto del matrimonio entre don José Joaquín Miranda Soto y Altamirano (1762-¿1848?), gran propietario, y Ana González Sierra (¿?-1856), criada del ganado, del cual nacerían otros ocho hermanos: Indalecio, Antonio, Josefa, Teresa, Juana, Catalina, Felipa y Florencia[2].

Teniendo en cuenta los datos del padrón de 1825, Parada de Amoeiro tenía entonces más de 300 vecinos, de los cuales, según el padrón de 1831, sólo los Miranda se contaban entre los hidalgos del coto. El estado llano, formado mayoritariamente por jornaleros, labriegos y criados, vivía dedicado a sus labores, marcadas por el ciclo de la tierra, las campanas de la iglesia y el mandato de los señores, cuyas tierras surtían tanto su propio bolsillo como la despensa de su casa. Aunque ya no eran hidalgos strictu sensu, pues habrían diluido su condición hidalga al participar en la política y en la administración liberal[3], los Miranda del siglo XIX aún tenían mesa farta, bolsa aberta e bodega franca: seguían gozando de un vasto patrimonio que, entre bienes muebles e inmuebles (algunos de ellos vinculados a viejos mayorazgos repartidos entre Ourense, Parada de Amoeiro, Vilar de Covelas y Trujillo) y las rentas derivadas de estos últimos, más los censos, los arrendamientos y los patronatos, ascendía a un millón de reales en 1867[4].

Tomando como ejemplo la formación de los hijos de nuestro biografiado, podemos decir por extrapolación que éste habría recibido las primeras letras de un grupo de tutores formado por un laico y un cura que, seguramente, convivían con la propia familia. La parte más importante de dicha instrucción habría sido la moral y religiosa, sin descuidar otras materias, como la caligrafía y la aritmética. Puede que, al igual que su padre, don José Manuel conociera el francés (aunque no podamos darlo por hecho en ninguno de los casos), habida cuenta de los libros que, por herencia de los Soto Altamirano, figuraban en la biblioteca del despacho, entre los cuales cabe destacar, entre otros, las Memoires de Henri le Grand (1725), escritas por el Duque de Sully; Le Grand Dictionnaire Historique (1759), de Moréri; una Histoire Romaine (1772), o una colección de divulgación teológica de los padres de la Iglesia. Ésta era, en todo caso, muestra suficiente para hablar de un entorno privilegiado en el que la instrucción formal y el exclusivo acceso a la cultura actuaban como elementos diferenciadores del grueso de la población, analfabeta, frente a la cual resultaba, aún más importante que ser hidalgo, aparentar serlo. Por otra parte, creemos que las miras del Sr. Miranda nunca apuntaron a cursar estudios superiores para diversificar la fuente de sus ingresos, procedentes del dominio de la tierra, sino a ocupar un puesto de mando, ya fuera en el regimiento o en la política, que contribuyera al afianzamiento de su apellido en la ajetreada vida pública que se avecinaba.

En ese sentido, las primeras noticias, que sepamos, sobre la vida pública del Sr. Miranda datan del 4 de julio de 1838, situándolo con 21 años como Mayor del 5º batallón de la Milicia Nacional de Ourense dentro de una lista de nueve nombres que responden a una invitación de la subinspección y comandancia general de la Milicia Nacional de la provincia, contribuyendo económicamente “en favor de los vecinos desgraciados de Gandesa”, que entonces sufría asedio por parte de los carlistas[5]. Su pertenencia al cuerpo armado lo confirma la noticia que de él da don Ramón Otero Pedrayo en un artículo de La Región[6].

Atendiendo a la fecha del documento, parece plausible, aunque improbable, que el enrolamiento de don José Manuel se haya producido con motivo de la reorganización y movilización de la Milicia Nacional en 1836[7], en el contexto del gobierno progresista de José María Calatrava (1836-1837) y la Primera Guerra Carlista (1833-1840), cuando la Comisión de Armamento y Defensa de la provincia ordenó a los ayuntamientos que inscribieran a 2200 “solteros y viudos sin hijos desde la edad de 18 años”, correspondiendo a la capital reclutar 320 hombres[8]. Sea como fuere, dudo mucho que el Sr. Miranda haya entrado en servicio activo alguna vez debido a la ausencia de partidas carlistas cerca de la capital provincial[9], pero ello tampoco nos empuja a afirmar que su encuadramiento haya sido algo pasivo, habida cuenta de unos antecedentes familiares que, de seguro, inclinarían la balanza de las convicciones liberales de aquel hacia una tendencia u otra del liberalismo. Sabemos que su padre tenía fama de liberal: en 1808 había defendido su casa de los franceses[10], jurado la Constitución de Cádiz en 1820[11], invitado a formar parte de la infecunda Sociedad Económica de Amigos del País de A Coruña en 1821[12], y nombrado senador en 1837[13]. No obstante, la condición social de la familia Miranda, de grandes propietarios, herederos por línea colateral de don Joaquín Salgado Enríquez, I Conde de Borraxeiros y Vizconde de Parada de Amoeiro, así como la evolución ideológica de don José Manuel, hacen que nos inclinemos a aventurar una adscripción familiar al moderantismo. Esto último merece especial dedicación para entender la trayectoria política de nuestro biografiado.

Es sabido que el partido moderado, influido por el doctrinarismo francés y el romanticismo histórico, aglutinó desde sus inicios en 1834-1836, en torno a la figura de Francisco Martínez de la Rosa y Francisco Javier de Istúriz, a toda esa burguesía y vieja nobleza que, avenidas por la conveniencia de la regente María Cristina y su hija Isabel II frente a carlistas y progresistas, pretendían apuntalar la revolución moderando o directamente recortando buena parte de los derechos y libertades que la Constitución de Cádiz había consagrado. Desde la década de los treinta, Ourense ya era considerado un feudo del partido moderado dominado por las omnipresentes figuras del lucense don José María Moscoso de Altamira y el santanderino, procurador en Cortes, don Saturnino Calderón Collantes; verdaderos muñidores electorales de la provincia[14]. En palabras del polímata Alberto Lista, el programa político del partido moderado se caracterizaba por cuatro elementos: el positivismo institucional, es decir, la legitimidad proviene del poder existente (“soberanía de lo existente”); el historicismo nacional, compartido con los carlistas, que confiere a la nación un espíritu permanente; el justo medio, esto es, la equidistancia entre absolutismo y democracia, y el economismo, que cree que el progreso político debe seguir al económico[15]. Todo ello se tradujo en una acción política dirigida a la defensa de los derechos de la Iglesia, pilar del orden, frente a las desamortizaciones y las reivindicaciones de la tolerancia religiosa o la libertad de cultos, y al rechazo de las demandas igualitarias que se sentían pulsar en la reivindicación de la soberanía nacional, un sufragio censitario menos restrictivo y la ampliación de derechos y libertades individuales (especialmente, la de imprenta), incluido el de ampliar el reclutamiento de los milicianos nacionales a las capas populares. En ese sentido, la promulgación de la Constitución de 1845 significó la realización definitiva del programa moderado, esto es, el ideal doctrinario del justo medio.

A efectos electorales, en el articulado de 1845 los moderados eliminaron la provincia como circunscripción y la sustituyeron por juntas electorales, dando lugar a la instauración de la elección de distritos uninominales y, en consecuencia, a la reducción del cuerpo electoral, facilitando el control de los caciques y las autoridades. En cuanto a las diputaciones provinciales y los ayuntamientos, el art. 74 preveía su organización y atribución mediante la promulgación de sendas leyes ordinarias.

En cuanto a los ayuntamientos, la Ley de organización y atribuciones de los ayuntamientos supuso la realización efectiva de la malograda de 1840, que le había costado el puesto a la reina gobernadora en favor de Espartero. A diferencia del modelo municipal progresista, que contemplaba una elección más amplia, la ley de 1845 buscaba asegurar el control del poder ejecutivo sobre el municipal en un intento de centralizar y fortalecer el Estado[16]. Con las circunstancias a su favor, los moderados convirtieron los ayuntamientos en meros entes administrativos que podían ser suspendidos en cualquier momento y que contaban con muy pocas atribuciones. Aun así, el acceso a los ayuntamientos permanecía cerrado para el conjunto de la población, ya que mediante la Ley electoral del 18 de marzo de 1846 solamente podrían ser electores y elegibles los que contasen con un nivel económico determinado. En este contexto, el alcalde moderado se convirtió en el representante del Gobierno en el municipio, a la vez que gestor de los intereses locales y representante político con inmensas atribuciones[17].

En 1845, el municipio de Amoeiro contaba 810 vecinos (es decir, todos los que, siendo cabezas de familia con casa abierta, tuvieran además un año y un día de residencia, o que hubieran obtenido la vecindad con arreglo a las leyes), correspondiéndole así, según la ley, un alcalde, dos tenientes de alcalde y once regidores[18]. Estos cargos eran gratuitos, honoríficos y obligatorios. Los de alcalde y teniente duraban dos años y el de concejal, cuatro. Todos los concejales se renovaban por mitad cada dos años, y aquellos que dejaban de ser alcaldes o tenientes continuaban perteneciendo al ayuntamiento si no habían cumplido los cuatro años de concejal. En todos los municipios de menos de 2.000 vecinos, como en el caso de Amoeiro, el nombramiento del alcalde dependía del jefe político/gobernador por delegación del Rey y éste se hacía entre los concejales elegidos por los vecinos que estuvieran incluidos en las listas de electores (es decir, todos aquellos vecinos que pagaran mayores cuotas de contribución), pudiendo ser elegibles o no. En este punto, el alcalde no sólo se encargaba, junto con dos concejales y dos mayores contribuyentes elegidos por sorteo, de elaborar las listas electorales para las elecciones municipales, sino también de garantizar su celebración (tres días, entre el 1 y el 3 de noviembre, entre las 9:00 y las 14:00) y unos resultados acordes con los deseos del partido gobernante. En 1845, Amoeiro contaba con 135 electores, de los cuales 90 eran elegibles[19], y aunque no contemos con listas municipales detalladas de aquella época, un solo vistazo a los electores que participaban en las elecciones a Cortes (todo español mayor de 25 años que pagara 400 reales de contribución directa) nos puede dar una idea general de los nombres y apellidos que detentaban el derecho de sufragio. Así, cada dos años, nombres como los de Antonio María de Castro, José María Sotelo, Manuel Boán, Francisco Rodríguez Camba, Miguel Fernández, Pedro Ventura Rodríguez y, por supuesto, nuestro biografiado don José Manuel Miranda, junto con sus hermanos, Indalecio y Antonio, acudían al local de su distrito y, a la vista de la mesa electoral, escribían en una papeleta rubricada, o hacían que escribieran por ellos, los nombres de los candidatos que correspondieran, resultando elegidos estos por mayoría relativa de votos.

La carrera política del Sr. Miranda arranca, precisamente, dentro de este marco jurídico, aunque ya figurase como alcalde de Amoeiro en 1842, con 25 primaveras. Pasados ocho años, con el viento moderado a favor, lo vemos de nuevo al frente de los chaos entre 1850 y 1854, recién estrenada su condición de maestrante de Ronda, a caballo entre Amoeiro y Ourense, habida cuenta de su intervención como secretario escrutador de la mesa del distrito electoral de la capital provincial en 1850 y 1851. Volvería a ocupar el sillón de alcalde en 1867 con la crisis del reinado de Isabel II de fondo. Podemos estar seguros de que, dada la red clientelar en la que se apoyaba, construida otrora por su potentado padre, no era el puesto de alcalde, sino su condición de gran propietario lo que, con el beneplácito del gobierno central, constituía su poder a nivel comarcal. Así, el marco legal vigente entonces favorecía de pleno a los mayores contribuyentes, relegando a los más modestos a ir a rebufo de los notables. Nótese, en cualquier caso, que el carácter restringido de la vida política provincial de entonces, vistas las reducidas listas de electores, convertía las instituciones en cotos privados de muy pocas familias que, aun en el caso de estar “enfrentadas” en el campo ideológico, se conocían, forjaban alianzas entre ellas y, en fin, compartían unos intereses de clase concretos. Apellidos chairizos como Araújo, Castro, Corral, Gayón, Paradela o Sotelo, e incluso los propios hermanos de don José Manuel, Indalecio y Antonio, se repiten en los puestos de alcalde, tenientes, secretario o juez de paz, destacando nuestro biografiado entre todos ellos al actuar como pieza clave en la relación tan íntima entre poder rural y poder urbano, dentro de una economía que, no nos olvidemos, aún era fundamentalmente agraria.

La lectura entre líneas de un episodio concreto supone, desde nuestro punto de vista, una buena muestra del carácter de dichas relaciones. Se trata de un comunicado fechado a 13 de mayo de 1853 en el que Pedro Fernández Prieto, alcalde de Canedo, responde a las acusaciones de haber promovido un regalo (“una fineza”) al gobernador de Ourense don Agustín de Torres Valderrama, con cargo a los fondos municipales, para obtener el cargo de comisario provincial de montes y favorecer el triunfo de la candidatura del conde Gimonde en Allariz[20]. Aunque niega la mayor, el autor reconoce que la idea (que no el hecho en sí) de obsequiar al gobernador fue real, pero con fines muy distintos, fruto de la iniciativa de “varios alcaldes y particulares”, entre los que se cuenta el Sr. Miranda. No nos corresponde a nosotros dirimir la cuestión, pero el episodio resulta una buena muestra de la existencia de una red de notables locales conectada con el poder provincial en la que las “finezas”, en la delgada línea que separa la cortesía del patronazgo y la influencia política, estaban (y siguen) a la orden del día.

Con motivo de la Vicalvarada y el cambio de tornas a favor de los progresistas en 1854, veremos a los Miranda desplazados de la alcaldía de Amoeiro en favor del concuñado de don José Manuel, don Manuel Gayón y Valcárcel, que retendría el bastón de mando, por lo menos, hasta 1858. En el ínterin, el Sr. Miranda se desempeñó como juez de paz de Amoeiro, y con la inauguración de los gobiernos de la Unión Liberal a partir de 1856 sería elegido diputado provincial por los moderados[21], así como miembro de la Junta Provincial del Ferrocarril de Galicia[22], estando parcialmente considerado ya en 1860 como neocatólico[23]. Sin más información que nos pueda aclarar esta nueva etiqueta, debemos dar por bueno el aserto, vista la deriva del personaje, y analizar su caso desde una visión general.

En 1850, el partido moderado estaba dividido y desgastado por el largo período de ejercicio de poder[24]. Ya en la década de 1840, al calor de los debates sobre la Constitución de 1845, el matrimonio de Isabel II y las repercusiones de la Revolución de 1848, habían surgido dos tendencias definidas y opuestas: la monárquico-constitucional, representada por el marqués de Viluma, y la puritana, liderada por Joaquín Francisco Pacheco. Los primeros se mostraban partidarios de una reforma constitucional en sentido reaccionario y buscaban un acercamiento al carlismo, mientras que los segundos, que buscaban alternar en el poder con los progresistas para evitar la revolución, rechazaban cualquier modificación del texto y advertían del peligro de la ley fundamental si ésta dependía de la fracción dominante en cada momento. En una posición equidistante se encontraba el denominado moderantismo histórico, agrupado en torno a Narváez, los cuñados Mon y Pidal, Martínez de la Rosa, Miraflores, González Bravo, Donoso Cortés y Bravo Murillo. Pero fue la formación de un gabinete de gobierno presidido por este último entre 1851 y 1852, sumado a la defensa del Concordato de 1851 y la reacción ante la Revolución de 1854, lo que daría alas a un nuevo partido surgido de la división y el desgaste de los moderados: los neocatólicos, dirigidos por Cándido Nocedal. Así, los neos adoptaron una postura defensiva de los derechos de la Iglesia, remarcada notablemente ante el problema de la libertad de cultos, y de franca hostilidad hacia el liberalismo que iría en aumento conforme se deterioraban las relaciones entre Pío IX y los nacionalistas italianos, que le iban arrebatando sus estados. La coincidencia entre esto último y el hecho de que una edición de 1868 de Los herejes de Italia, de Cesare Cantù, figure en la biblioteca del Sr. Miranda hace que nos inclinemos aún más a situar a nuestro biografiado en el campo del neocatolicismo o, por lo menos, en una posición político-religiosa rayana en el integrismo. A partir de 1865, como consecuencia del reconocimiento del reino de Italia, los neos pasarían de una posición independiente, aunque poco definida, dentro del tradicionalismo fiel a Isabel II, a extremar sus opiniones antiliberales y a encontrar, en detrimento de la hija de Fernando VII, un mejor representante de sus principios en la figura del pretendiente carlista dentro de la comunión católico-monárquica, una vez triunfara la Revolución Gloriosa.

Entendemos que la influencia de tales acontecimientos, sumado a la pérdida de la alcaldía en 1867 y la debacle del partido moderado, influyeron en el ánimo del Sr. Miranda para pasarse, bien desde el convencimiento, el puro tacticismo o tal vez ambos, a las filas del carlismo, tal y como hicieron tantos moderados desencantados con el régimen liberal. Así, en febrero de 1870 lo vemos presidiendo la Junta Provincial del partido carlista, ejerciendo como secretario el abogado, periodista y escritor don Valentín de Novoa González[25], y dirigiendo tanto una circular a la Junta Central para suscitar el apoyo a la candidatura a Cortes representada por un carlista perteneciente a la circunscripción[26], como una felicitación por su santo a doña Margarita, esposa del pretendiente Carlos VII[27]. Con la deriva de la revolución, expresada en la Constitución de 1869 y la elección de Amadeo I (1871-1873), los carlistas se lanzarían a la guerra por tercera vez en 1872, limitándose don José Manuel, que ya contaba 54 años, a colaborar en la retaguardia[28].

Pero el final del conflicto no traería, al parecer, represalias contra el Sr. Miranda; todo lo contrario que su correligionario don Valentín de Nóvoa, extrañado en A Coruña y Estella. El proyecto de Restauración pilotado por Cánovas, una vez fracasada la Primera República (1873-1874), contemplaba atraerse no sólo a los viejos moderados, sino también a los neocatólicos-carlistas que habían empuñado las armas. Tal es así que en 1879 lo vemos de nuevo como diputado provincial[29], en la órbita del omnipresente gobernador civil don José Ramón Bugallal.

Era el comienzo de una nueva etapa en el ámbito público, tras 12 años de ausencia (sobre el papel), así como el final de un vía crucis legal que había comenzado en 1865. Aquel año, el propietario y labrador Pedro González Rodríguez, alias “Coello”, había denunciado a don José Manuel, su convecino, por rapto y estupro de su hija María Asunción González Caride, con quien habría tenido cuatro hijos, Eduvigis (1858-1924), Antonio (1860-1932), Aurelia (1861-1939) y Darío (1864-1866), en el transcurso de ocho años de convivencia amancebada, entre 1857 y 1865. Según la parte demandante, un día festivo de mayo de 1857 el Sr. Miranda, contando 40 años y acompañado de su criado Martín Vázquez y un sobrino, Gerardo Varela, habría salido al paso de María Asunción, de 17 años, procedente de As Cruces (Bóveda, Amoeiro) en compañía de dos de sus hermanas y una amiga, para cogerla del brazo y llevársela a su casa de Parada[30]. Otras versiones incluidas en el expediente contradicen esa versión, poniendo de acuerdo al demandado y a la ofendida en el lugar de los hechos para irse a vivir juntos. Sea como fuere, en mayo de 1865 María Asunción habría abandonado el pazo sin conocerse el motivo, iniciando así su padre, con fama de estafador y picapleitos, una serie de denuncias cuyo fin último era “sangrar” económicamente a don José Manuel, pues reclamaba, además de reconocer a los hijos en escritura pública y entregarlos a la madre, dotar a la ofendida con “cien mil rs. [reales] en metálico, ó su equivalente en bienes muebles, ó raices” y “administrar para alimentos” de la prole “la cantidad de ocho rs. diarios” por cada uno de los hijos, pagaderos por meses adelantados[31].

En las cuatro misivas enviadas por don José Manuel a Pedro González y a su hija, adjuntas a la causa de 1865, el Sr. Miranda parece ser consciente de haberse llevado a María Asunción contra la voluntad de su padre,

(…) Presumo habrá V. recibido carta con la que le pondrian de mal humor pero confio en que la sensatez y prudencia del Sr. Pedro Gonzalez mirará las cosas como acostumbra, que no dudará soy su amigo y que tomo el mayor interes en cuanto á el pertenece por todo lo cual ruego a V. pues esté tranquilo; (...) su Sra., la Sra. Catalina y toda la familia le mandan sus afectuosos cariños y Asuncion lo hace desde esta casa donde se halla viva (…).[32]

así como de la tensa calma que se vivía en el pazo,

(…) V. debe saber que las mugeres se estiman segun su modo de conducirse, tiene V. hijos de que cuidar, nada es para mi tan grato como el obsequio y cuidado que se tenga con los niños, V. sabe lo que le conviene y con esto creo he dicho lo bastante (…).[33]

Sin embargo, los términos afectuosos en los que, en general, el Sr. Miranda se dirige a la madre de sus hijos; la contestación a la primera demanda, reforzada por varios testimonios, así como, en fin, el sobreseimiento de la causa en los supuestos de rapto y estupro, nos hace pensar en la anuencia de la doncella a la hora de irse a vivir con nuestro biografiado, quien, sintiéndose respaldado por los deseos paternos de ver a su hija vinculada a los Miranda, hizo promesas de matrimonio a la familia González Caride, confesando en la intimidad que no quería ser casado nunca, y menos aún con una mujer que, a pesar de la atracción, consideraba socialmente inferior. Transcurrido un año de convivencia, llegaría el primero de sus hijos, consignados en las respectivas partidas de bautismo (hasta 1878) como hijos de padre incógnito, y sucesivamente tres más, que don José Manuel se aprestó a reconocer como herederos universales en su testamento, aunque la parte demandante alegase desconocer esto último. Como el matrimonio no llegaba, creemos que el “Coello” se impacientó teniendo en cuenta el escándalo por amancebamiento, amenazó al Sr. Miranda con denunciarlo, siendo aplacado con dinero, y, finalmente, se decidió a hacerlo tras la salida de su hija en 1865. Y aun perdiendo la causa y embargado hasta las trancas, contraatacaría con una nueva demanda en 1867, que también perdería. Nuestro biografiado tampoco lo pasó precisamente bien. Acuciado por el perjuicio económico causado por los litigios, incluido el de amancebamiento con escándalo de 1866 por el que fue absuelto, buscó ampliar infructuosamente su patrimonio al reclamar de los herederos de Antonio Salgado Gundín los bienes pertenecientes al mayorazgo fundado por éste[34]. Debieron ser días complicados para el apellido Miranda, ultrajado por las injuriosas acusaciones efectuadas por Pedro González, y viéndose obligado el señor de la casa a rebozarse en el barro para defender su honor y el de su familia.

En cuanto a mis consideraciones, yo creo que ninguna parte era inocente. Don José Manuel ya le había echado el ojo a Asunción, y el señor Pedro González, que tonto no era, sabía que ahí había mucha guita. Ambos llegaron a un acuerdo, y el Sr. Miranda cumplió... a su manera, concibiendo hijos sin pasar por el altar. La ofensa estaba hecha y el escándalo, servido. Todos, sin embargo, se olvidaron de la principal víctima, María Asunción, quien, habiendo sido utilizada por su padre y embaucada con halagos y promesas a tan tierna edad, vivió, a tenor de la moral de la época, la vergüenza de la deshonra y la desdicha de ser privada del contacto con sus hijos (uno de ellos, Darío, muerto a los dos años por amigdalitis), a los que no sobreviviría más allá de 1870.

Como ya decíamos, a partir de 1874 la vida pública del Sr. Miranda corrió de la mano de los conservadores de Cánovas y el sistema diseñado para que la Restauración fuese un éxito, es decir, el turno pacífico entre liberales y conservadores basado en el fraude electoral y el caciquismo. Con motivo de su elección a los 62 años como diputado provincial, de vuelta al sufragio censitario, la sección de “Gacetillas” del cotidiano progresista El trabajo describía así las elecciones:

Ni por un ojo de la cara se encuentra un elector estos dias.

En ningun colegio obtuvo una docena de votos el candidato… ¡Pero hombre! ¿se acabó el bacalao y el vino?

Cuando el Sr. Miranda Altamirano sea proclamado Diputado por el distrito de Orense, examine las actas, bien puede decir con elocuente y persuasiva verdad que representa a un pueblo… muerto.

Los empleados de la Diputacion y algunos de la Administracion económica, continúan sirviendo al Estado y á la provincia y recibiendo votos en los Colegios. Propongo que pongan bandejas en las mesas y que pidan los votos por amor de Dios[35].

En 1880 entró a formar parte de la comisión permanente de la diputación[36], ligando su suerte a la del gobernador Bugallal, y fue objeto de una denuncia, bajo el sugerente título de “caciquismo”, por parte del liberal El Eco de Orense, que reprodujo el diario La Mañana y los unionistas católicos de El Fénix[37]. Junto al propio Bugallal, su cuñado y su hijo, aparecía el nombre de don José Manuel para denunciar que seguía viviendo en la capital a pesar de haber aceptado una herencia que, de no cumplir la obligación de residir en Trujillo, tendría que pasar a manos del hospital del municipio extremeño. Cuatro años después lo sabemos “alejado de las esferas oficiales y privado de seguir desempeñando el cargo de diputado provincial” por motivo de enfermedad[38], lo que no le impediría asumir el bastón de mando de Amoeiro por última vez entre 1888 y 1891, con 71-74 años.

Con la llegada del siglo XX, nuestro biografiado, que para entonces había batido de lejos la esperanza de vida de la época (34 años para los hombres y 36 para las mujeres), no gozaría, sin embargo, de mejor salud para sobrevivir al año 1901, después de haber librado una última batalla judicial con un sobrino, don José Álvarez-Salgado Miranda[39]. El señor del Castelo (Ramiro) había demandado a su tío para reclamar el complemento de la legítima paterna, es decir, la vigésima parte de una serie de bienes que don José Joaquín Miranda había legado en usufructo a su viuda, doña Ana González Sierra, así como las rentas producidas desde el 24 de febrero de 1856, en que murió la usufructuaria. La sentencia, favorable al sobrino, llegaría en 1900, y al Sr. Miranda no le quedó más remedio que pagar la cuenta. Consciente de su final, comenzó asimismo a ceder a su primogénito Antonio la venta de varias fincas y rentas, si bien parece que lo hizo sin tener en cuenta que había alterado caprichosamente sus apellidos en los contratos. Tuvo que acudir su hijo al juzgado de Ourense para acreditar ad-perpetuam, junto con tres testigos, que su padre se llamaba José Manuel Miranda González Soto y Altamirano, y no de otra manera, para solucionar el problema[40]. Murió a los 83-84 años, siendo amortajado con su uniforme de maestrante, según dejó dispuesto en su testamento. 

Así que, ¿quién fue este tatarabuelo mío? Pues un gran propietario rural de familia linajuda que se dedicó a la política. Nada más y nada menos. Sin mayor excitación que la que pueda provocar, a nuestros ojos, las convenciones y prácticas de la época; cuando los menos ocupaban su puesto en la cima, dominando, y los más obedecían en la llanura. Su vida, que desconozco al detalle, fue guiada por principios y valores propios de su condición que, aun trasnochados e incluso reprobables respecto a los avances jurídicos y legales, seguían siendo de aplicación, sobre todo en las zonas rurales. En lo personal, quiero imaginarme a don José Manuel como un hombre de honor, temeroso de Dios e infinitamente humano, por cuanto los pecados de la carne, contra la moral pública, y la defenestración de una mujer, más víctima que actora en la lid, no podrían eclipsar el amor y la fidelidad a su familia ni tampoco la generosidad con que actuó con tantos que lo necesitaron. 


[1] La recreación de este episodio se debe al escrito de denuncia original que don Eligio Antonio Domarco Álvarez, al que agradezco su disposición, tuvo la amabilidad de poner en mis manos.

[2] Así figura en la relación de demandantes y las partidas de bautismo reproducidas en AHPOU (Archivo Histórico Provincial de Ourense): Justicia, 8796, Demanda de mayor cuantía iniciada por don José Manuel Miranda y Altamirano por derecho propio y con poderes de sus hermanos contra varios sobre suelta y dejación de los bienes de todas clases con frutos y desperfectos pertenecientes al mayorazgo fundado por Antonio Salgado Gundín, 1866.

[3] Saavedra, P. (2009): “La vida en los pazos gallegos: entre la civilidad y la rudeza” en Chronica Nova, 35: p. 178.

[4] A falta de mayores indagaciones, la cifra pertenece al 10º argumento expuesto por la parte demandante en AHPOU: Justicia, 8800, Ordinario por Pedro González alias Coello, vecino de Vilaboa, de Santiago de Parada (Amoeiro), como padre de María Asunción, contra D. José Manuel Miranda Altamirano, su comparroquiano, sobre reclamación de dote, reconocimiento formal de prole y entrega a su madre de los hijos habidos y existentes del Miranda y la María Asunción, 1867, fol. 6v.

[5] Boletín Oficial de la Provincia de Ourense (BOPOU) (13/7/1838): Nº56: p. 4. La relación de nombres viene firmada por D. Pedro María de Villar y Agar, Capitán General del Reino de Galicia y Subinspector de la Milicia Nacional de la provincia, propietario del Pazo de Cornoces, el cual figura asimismo en la lista junto a D. Alonso Babarro, comerciante de la capital; D. Valentín Fernández, Comandante del primer batallón de la Milicia Nacional de Carballiño, procedente de una familia de comerciantes acaudalados y alcalde de la misma villa en 1839; D. Alonso Romero Pérez, Subteniente del primer batallón de la Milicia Nacional de Ourense, propietario de la parcela donde se situaría el Pompeo del IES Ramón Otero Pedrayo de Ourense; D. José Rodríguez Álvarez, Comandante del 7º batallón de la Milicia Nacional de Allariz; D. Juan María de Pazos [Morán], Regidor del ayuntamiento de la capital, destacado impresor y editor, natural de Santiago; D. Francisco Pérez [Bobo], comerciante de la capital, responsable de la construcción del actual edificio de la Diputación Provincial de Ourense, y D. Manuel Fernández, Nacional del primer batallón de Ourense, del cual no podemos acreditar su identidad con seguridad.

[6] Otero Pedrayo, R. (8/2/1959): “Un elenco de mucho peso” en La Región, Nº15239: p. 1. Aunque desconozcamos la fuente de Otero Pedrayo, podría haberse tratado de su propio abuelo, don Ramón Pedrayo Silva (1822-1899), abogado y alcalde de Ourense en 1854, el cual conoció a don José Manuel personalmente, teniéndolo como compañero de filas en el partido conservador y en la Diputación Provincial en la década de 1880.

[7] Real Decreto, de 26 de agosto de 1836, mandando movilizar la Milicia Nacional publicado en el BOPOU (6/9/1836): Nº71: p. 2.

[8] Reglas de la Comisión de Armamento y Defensa publicadas en el BOPOU (25/10/1836): Nº85: pp. 2-3.

[9] Cfr. la actividad de las facciones carlistas en el área del Bajo Miño en Barreiro Fernández, X. R. (2008): O carlismo galego, Edicións Laiovento, p. 95.

[10] Rivera Rodríguez, M. T. (1981): Los pazos orensanos, A Coruña, Caja de Ahorros Provincial de Orense, p. 381.

[11] Domarco Álvarez, E. A. (31/8/2017): “A firma e xuramento da Constitución de 1812 en Parada de Amoeiro” en Parada de Amoeiro. Ensaiando unha historia, https://paradadeamoeiro.blogspot.com/2017/08/a-firma-e-xuramento-da-constitucion-de.html

[12] Archivo de la Real Academia Galega (ARAG): Asociaciones, Carpeta 81-1-4, Oficios de diferentes personalidades galegas contestando á Deputación Provincial de Galicia, á súa invitación a formar parte da Sociedade Económica de Amigos do País da Coruña, José Joaquín Miranda y Soto (Parada de Amoeiro).

[13] Diario de las Sesiones de Cortes (13/11/1837): Nº1: p. 2.

[14] V.V.A.A (1996): Historia de Ourense, A Coruña, Vía Láctea Editorial, p. 303.

[15] Fernández Sebastián, J. et Fuentes, J. F. (dirs.) (2002): Diccionario político y social del siglo XIX español, Madrid, Alianza Editorial, p. 450.

[16] Casals Bergès, Q.: “La normativa municipal española a mediados del siglo XIX. Espacio electoral y definición social del modelo liberal en Lleida”, Univerdidad de Lleida.

[17] Pérez Rodríguez, A. C. (2015): “El alcalde del liberalismo moderado, teoría y práctica (1845-1868)” en REALA, 3: pp. 190-191.

[18] BOPOU (11/2/1845): Nº18: p. 3.

[20] La Nación (18/5/1853): Año V, Nº 1532: p. 3.

[21] El Estado (3/7/1858): Año III, Nº507: p. 3.

[22] BOPOU (15/5/1860): Nº58: pp. 1-2.

[23] Las Novedades (1/8/1860): Año XI, Nº3553: p. 1.

[24] Este punto debe su desarrollo a las valiosísimas aportaciones de Urigüen, B. (1986): Orígenes y evolución de la derecha española: el neo-catolicismo, Madrid, CSIC.

[25] El Pensamiento español (28/2/1870): Año XI, Nº 3098: p. 2. Eran vocales de la misma junta provincial el profesor de Filosofía y Letras Alejandro Fraga Pallín; el propietario y farmacéutico José María Saco y Noguerol, padre del profesor y lingüista Juan Antonio Saco y Arce; el médico José Alonso Mosquera; el recaudador municipal Mariano Sánchez; Ramón Deza Ibáñez, Juan Adrio y Fermín Lago.

[26] La Esperanza (15/2/1870): Año XXVI, Nº 7766: p. 2.

[27] La Esperanza (10/6/1870): Año XXVI, Nº 7802: p. 1.

[28] Comesaña Paz, A. (2016): Hijos del Trueno. La tercera Guerra Carlista en Galicia y el Norte de Portugal, Madrid, SCHEDAS, p. 153.

[29] El heraldo gallego (5/12(1879): Año VI, Nº 359: p. 484.

[30] Ésta y otras versiones están recogidas en AHPOU: Justicia, 8890, Causa por denuncia de Pedro Gonzalez de Parada de Amoeiro contra D. Jose Manuel Miranda Altamirano su convecino sobre rapto y estupro de Dña. Maria Asuncion Gonzalez hija del Pedro, 1865.

[31] AHPOU: Justicia, 8800, Ordinario por Pedro González alias Coello, vecino de Vilaboa, de Santiago de Parada (Amoeiro), como padre de María Asunción, contra D. José Manuel Miranda Altamirano, su comparroquiano, sobre reclamación de dote, reconocimiento formal de prole y entrega a su madre de los hijos habidos y existentes del Miranda y la María Asunción, 1867, fol. 5.

[32] Fragmento de una carta enviada por don José Manuel Miranda desde Parada de Amoeiro, a fecha de 20 de mayo de 1857, a Pedro González, por entonces ausente de la parroquia. Puede verse original en AHPOU: Justicia, 8890, Causa por denuncia de Pedro Gonzalez (…), y transcrita en AHPOU: Justicia, 8800, Ordinario por Pedro González (…), 1867, fol. 65 y 65v.

[33] Fragmento de una carta enviada por don José Manuel Miranda desde Vilar de Covelas, a fecha de 5 de septiembre (sin constar el año), a María Asunción González en Parada de Amoeiro. Puede verse original en AHPOU: Justicia, 8890, Causa por denuncia de Pedro Gonzalez (…), y transcrita en AHPOU: Justicia, 8800, Ordinario por Pedro González (…), 1867, fol. 65v y 66.

[34] AHPOU: Justicia, 8796, Demanda de mayor cuantía iniciada por don José Manuel Miranda y Altamirano por derecho propio y con poderes de sus hermanos contra varios sobre suelta y dejación de los bienes de todas clases con frutos y desperfectos pertenecientes al mayorazgo fundado por Antonio Salgado Gundín, 1866.

[35] El trabajo (3/12/1879): Año II, Nº 107: p. 1.

[36] La ilustración gallega y asturiana (30/12/1879): Nº 36; p. 11.

[37] El Fénix (24/11/1880): Año II, Nº556: p. 2

[38] El Eco de Orense (30/8/1884), Año V, Nº 395: p. 3  e Ibíd. (13/9/1884): Año V, Nº 399: p. 3.

[39] El Miño (11/11/1900): Año III, Nº 609: pp. 2-3.

[40] AHPOU: Justicia, 8842, D. Antonio Miranda González, de Amoeiro, sobre información ad-perpetuam, para acreditar que D. Manuel Miranda González Soto Altamirano, usó varias maneras de apellidarse, 1900.

Comentarios

  1. Magnífico relato, Pablo. Ahora entiendo mejor el sentido de algunos documentos que manejé para descifrar la historia del pueblo de mi nacimiento. El Coto de Parada de Amoeiro.

    ResponderEliminar
  2. La hermana de don Antonio, Florencia, junto con el Presbítero de Poutás don José Chao fueron los padrinos de bautismo de mi Tatarabuelo Juan González González el 30-04-1825

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Don Antonio Miranda-Altamirano González

Don José Manuel ('Pepe') Miranda Cabo

O señorito da Reboraina: unha vida trepidante