Don José Manuel Miranda González Soto y Altamirano
Pazo
de Parada (Amoeiro, Ourense). 15 de mayo de 1819. Noche.
El
solo crepitar de la llama que caldea el ambiente del salón principal, donde se
reúnen doña Ana y sus hijos, se ve interrumpido abruptamente por los presurosos
pasos del señor, que irrumpe en la pieza entre maldiciones y balbuceos trayendo
en volandas a un desgraciado al que ha desprovisto previamente de la montera,
el pañuelo y la chaqueta, que porta bajo el brazo. –¿Qué estabas haciendo?–, inquirió
don José Joaquín Miranda Soto y Altamirano ante la mirada atónita de su familia.
Pero aquel hombre nada dijo. –¿Qué ocurre, mi señor?–, alcanzó a pronunciar
doña Ana. –¡Este! ¡Que andaba a espiarnos en la viña!–, contestó iracundo el
Sr. Miranda. –¡Confiesa, cabrón! ¡Querías robar en la casa! ¡¿Y el palo que
traías, qué?!–, reconvino este último. Pero nada salía de los labios del que resultó
ser el Antonio, hijo de Juana Pérez, vecina del lugar de la Pedriña. Bastó un
despiste del viejo para que el mozo lograra zafarse de su captor y echara a correr
sin que el Sr. Miranda pudiera hacer nada; tan sólo reconfortar a su mujer y
estrechar contra su pecho a su primogénito de dos años. –José Manuel–, le susurró
al oído, –algún día te tocará a ti defender esta casa de las alimañas–. Pero nada
sabía aquella criatura de las dificultades que entrañaría el mandato de su amado
padre[1].
Siete
años antes, en plena guerra contra el francés, los representantes de la Nación
reunidos en Cádiz habían dado el primer paso en la liquidación del mundo de los
Miranda por medio de la Constitución de 1812. Nuestro protagonista viene a este
mundo, sin embargo, en medio del revival absolutista que supone el
regreso de Fernando VII. Don José Manuel Miranda González Soto y Altamirano nació
el 26 de marzo de 1817, “antes de amanecer”, en el pazo de Parada de Amoeiro,
fruto del matrimonio entre don José Joaquín Miranda Soto y Altamirano (1762-¿1848?),
gran propietario, y Ana González Sierra (¿?-1856), criada del ganado, del
cual nacerían otros ocho hermanos: Indalecio, Antonio, Josefa, Teresa, Juana, Catalina,
Felipa y Florencia[2].
Teniendo
en cuenta los datos del padrón de 1825, Parada de Amoeiro tenía entonces más de
300 vecinos, de los cuales, según el padrón de 1831, sólo los Miranda se
contaban entre los hidalgos del coto. El estado llano, formado mayoritariamente
por jornaleros, labriegos y criados, vivía dedicado a sus labores, marcadas por
el ciclo de la tierra, las campanas de la iglesia y el mandato de los señores, cuyas
tierras surtían tanto su propio bolsillo como la despensa de su casa. Aunque ya
no eran hidalgos strictu sensu, pues habrían diluido su condición hidalga al participar
en la política y en la administración liberal[3], los Miranda del siglo XIX
aún tenían mesa farta, bolsa aberta e bodega franca: seguían gozando de un
vasto patrimonio que, entre bienes muebles e inmuebles (algunos de ellos vinculados
a viejos mayorazgos repartidos entre Ourense, Parada de Amoeiro, Vilar de Covelas
y Trujillo) y las rentas derivadas de estos últimos, más los censos, los
arrendamientos y los patronatos, ascendía a un millón de reales en 1867[4].
Tomando
como ejemplo la formación de los hijos de nuestro biografiado, podemos decir
por extrapolación que éste habría recibido las primeras letras de un grupo de tutores
formado por un laico y un cura que, seguramente, convivían con la propia
familia. La parte más importante de dicha instrucción habría sido la moral y
religiosa, sin descuidar otras materias, como la caligrafía y la aritmética. Puede
que, al igual que su padre, don José Manuel conociera el francés (aunque no podamos
darlo por hecho en ninguno de los casos), habida cuenta de los libros que, por
herencia de los Soto Altamirano, figuraban en la biblioteca del despacho, entre
los cuales cabe destacar, entre otros, las Memoires de Henri le Grand (1725),
escritas por el Duque de Sully; Le Grand Dictionnaire Historique (1759),
de Moréri; una Histoire Romaine (1772), o una colección de divulgación
teológica de los padres de la Iglesia. Ésta era, en todo caso, muestra
suficiente para hablar de un entorno privilegiado en el que la instrucción formal
y el exclusivo acceso a la cultura actuaban como elementos diferenciadores del
grueso de la población, analfabeta, frente a la cual resultaba, aún más
importante que ser hidalgo, aparentar serlo. Por otra parte, creemos que las
miras del Sr. Miranda nunca apuntaron a cursar estudios superiores para
diversificar la fuente de sus ingresos, procedentes del dominio de la tierra, sino
a ocupar un puesto de mando, ya fuera en el regimiento o en la política, que contribuyera
al afianzamiento de su apellido en la ajetreada vida pública que se avecinaba.
En
ese sentido, las primeras noticias, que sepamos, sobre la vida pública del Sr.
Miranda datan del 4 de julio de 1838, situándolo con 21 años como Mayor del 5º
batallón de la Milicia Nacional de Ourense dentro de una lista de nueve nombres
que responden a una invitación de la subinspección y comandancia general de la
Milicia Nacional de la provincia, contribuyendo económicamente “en favor de los
vecinos desgraciados de Gandesa”, que entonces sufría asedio por parte de los
carlistas[5]. Su pertenencia al cuerpo
armado lo confirma la noticia que de él da don Ramón Otero Pedrayo en un
artículo de La Región[6].
Atendiendo
a la fecha del documento, parece plausible, aunque improbable, que el
enrolamiento de don José Manuel se haya producido con motivo de la
reorganización y movilización de la Milicia Nacional en 1836[7], en el contexto del gobierno
progresista de José María Calatrava (1836-1837) y la Primera Guerra Carlista
(1833-1840), cuando la Comisión de Armamento y Defensa de la provincia ordenó a
los ayuntamientos que inscribieran a 2200 “solteros y viudos sin hijos desde la
edad de 18 años”, correspondiendo a la capital reclutar 320 hombres[8]. Sea como fuere, dudo
mucho que el Sr. Miranda haya entrado en servicio activo alguna vez debido a la
ausencia de partidas carlistas cerca de la capital provincial[9], pero ello tampoco nos empuja
a afirmar que su encuadramiento haya sido algo pasivo, habida cuenta de unos
antecedentes familiares que, de seguro, inclinarían la balanza de las
convicciones liberales de aquel hacia una tendencia u otra del liberalismo.
Sabemos que su padre tenía fama de liberal: en 1808 había defendido su casa de
los franceses[10],
jurado la Constitución de Cádiz en 1820[11], invitado a formar parte
de la infecunda Sociedad Económica de Amigos del País de A Coruña en 1821[12], y nombrado senador en
1837[13]. No obstante, la
condición social de la familia Miranda, de grandes propietarios, herederos por
línea colateral de don Joaquín Salgado Enríquez, I Conde de Borraxeiros y
Vizconde de Parada de Amoeiro, así como la evolución ideológica de don José
Manuel, hacen que nos inclinemos a aventurar una adscripción familiar al
moderantismo. Esto último merece especial dedicación para entender la
trayectoria política de nuestro biografiado.
Es
sabido que el partido moderado, influido por el doctrinarismo francés y el
romanticismo histórico, aglutinó desde sus inicios en 1834-1836, en torno a la
figura de Francisco Martínez de la Rosa y Francisco Javier de Istúriz, a toda
esa burguesía y vieja nobleza que, avenidas por la conveniencia de la regente
María Cristina y su hija Isabel II frente a carlistas y progresistas, pretendían
apuntalar la revolución moderando o directamente recortando buena parte de los
derechos y libertades que la Constitución de Cádiz había consagrado. Desde la
década de los treinta, Ourense ya era considerado un feudo del partido moderado
dominado por las omnipresentes figuras del lucense don José María Moscoso de
Altamira y el santanderino, procurador en Cortes, don Saturnino Calderón
Collantes; verdaderos muñidores electorales de la provincia[14]. En palabras del polímata
Alberto Lista, el programa político del partido moderado se caracterizaba por
cuatro elementos: el positivismo institucional, es decir, la legitimidad
proviene del poder existente (“soberanía de lo existente”); el historicismo
nacional, compartido con los carlistas, que confiere a la nación un espíritu
permanente; el justo medio, esto es, la equidistancia entre absolutismo y
democracia, y el economismo, que cree que el progreso político debe seguir al
económico[15].
Todo ello se tradujo en una acción política dirigida a la defensa de los
derechos de la Iglesia, pilar del orden, frente a las desamortizaciones y las
reivindicaciones de la tolerancia religiosa o la libertad de cultos, y al rechazo
de las demandas igualitarias que se sentían pulsar en la reivindicación de la
soberanía nacional, un sufragio censitario menos restrictivo y la ampliación de
derechos y libertades individuales (especialmente, la de imprenta), incluido el
de ampliar el reclutamiento de los milicianos nacionales a las capas populares.
En ese sentido, la promulgación de la Constitución de 1845 significó la
realización definitiva del programa moderado, esto es, el ideal doctrinario del
justo medio.
A
efectos electorales, en el articulado de 1845 los moderados eliminaron la
provincia como circunscripción y la sustituyeron por juntas electorales, dando
lugar a la instauración de la elección de distritos uninominales y, en
consecuencia, a la reducción del cuerpo electoral, facilitando el control de
los caciques y las autoridades. En cuanto a las diputaciones provinciales y los
ayuntamientos, el art. 74 preveía su organización y atribución mediante la
promulgación de sendas leyes ordinarias.
En
cuanto a los ayuntamientos, la Ley de organización y atribuciones de los
ayuntamientos supuso la realización efectiva de la malograda de 1840, que
le había costado el puesto a la reina gobernadora en favor de Espartero. A
diferencia del modelo municipal progresista, que contemplaba una elección más
amplia, la ley de 1845 buscaba asegurar el control del poder ejecutivo sobre el
municipal en un intento de centralizar y fortalecer el Estado[16]. Con las circunstancias a
su favor, los moderados convirtieron los ayuntamientos en meros entes
administrativos que podían ser suspendidos en cualquier momento y que contaban
con muy pocas atribuciones. Aun así, el acceso a los ayuntamientos permanecía
cerrado para el conjunto de la población, ya que mediante la Ley electoral del
18 de marzo de 1846 solamente podrían ser electores y elegibles los que
contasen con un nivel económico determinado. En este contexto, el alcalde
moderado se convirtió en el representante del Gobierno en el municipio, a la
vez que gestor de los intereses locales y representante político con inmensas
atribuciones[17].
En
1845, el municipio de Amoeiro contaba 810 vecinos (es decir, todos los que,
siendo cabezas de familia con casa abierta, tuvieran además un año y un día de
residencia, o que hubieran obtenido la vecindad con arreglo a las leyes),
correspondiéndole así, según la ley, un alcalde, dos tenientes de alcalde y
once regidores[18].
Estos cargos eran gratuitos, honoríficos y obligatorios. Los de alcalde y
teniente duraban dos años y el de concejal, cuatro. Todos los concejales se
renovaban por mitad cada dos años, y aquellos que dejaban de ser alcaldes o
tenientes continuaban perteneciendo al ayuntamiento si no habían cumplido los
cuatro años de concejal. En todos los municipios de menos de 2.000 vecinos,
como en el caso de Amoeiro, el nombramiento del alcalde dependía del jefe
político/gobernador por delegación del Rey y éste se hacía entre los concejales
elegidos por los vecinos que estuvieran incluidos en las listas de electores (es
decir, todos aquellos vecinos que pagaran mayores cuotas de contribución),
pudiendo ser elegibles o no. En este punto, el alcalde no sólo se encargaba,
junto con dos concejales y dos mayores contribuyentes elegidos por sorteo, de
elaborar las listas electorales para las elecciones municipales, sino también
de garantizar su celebración (tres días, entre el 1 y el 3 de noviembre, entre
las 9:00 y las 14:00) y unos resultados acordes con los deseos del partido
gobernante. En 1845, Amoeiro contaba con 135 electores, de los cuales 90 eran
elegibles[19],
y aunque no contemos con listas municipales detalladas de aquella época, un solo
vistazo a los electores que participaban en las elecciones a Cortes (todo
español mayor de 25 años que pagara 400 reales de contribución directa) nos
puede dar una idea general de los nombres y apellidos que detentaban el derecho
de sufragio. Así, cada dos años, nombres como los de Antonio María de Castro, José
María Sotelo, Manuel Boán, Francisco Rodríguez Camba, Miguel Fernández, Pedro
Ventura Rodríguez y, por supuesto, nuestro biografiado don José Manuel Miranda,
junto con sus hermanos, Indalecio y Antonio, acudían al local de su distrito y,
a la vista de la mesa electoral, escribían en una papeleta rubricada, o hacían
que escribieran por ellos, los nombres de los candidatos que correspondieran,
resultando elegidos estos por mayoría relativa de votos.
La
carrera política del Sr. Miranda arranca, precisamente, dentro de este marco
jurídico, aunque ya figurase como alcalde de Amoeiro en 1842, con 25 primaveras.
Pasados ocho años, con el viento moderado a favor, lo vemos de nuevo al frente
de los chaos entre 1850 y 1854, recién estrenada su condición de
maestrante de Ronda, a caballo entre Amoeiro y Ourense, habida cuenta de su
intervención como secretario escrutador de la mesa del distrito electoral de la
capital provincial en 1850 y 1851. Volvería a ocupar el sillón de alcalde en
1867 con la crisis del reinado de Isabel II de fondo. Podemos estar seguros de
que, dada la red clientelar en la que se apoyaba, construida otrora por su
potentado padre, no era el puesto de alcalde, sino su condición de gran
propietario lo que, con el beneplácito del gobierno central, constituía su
poder a nivel comarcal. Así, el marco legal vigente entonces favorecía de pleno
a los mayores contribuyentes, relegando a los más modestos a ir a rebufo de los
notables. Nótese, en cualquier caso, que el carácter restringido de la vida
política provincial de entonces, vistas las reducidas listas de electores,
convertía las instituciones en cotos privados de muy pocas familias que, aun en
el caso de estar “enfrentadas” en el campo ideológico, se conocían, forjaban
alianzas entre ellas y, en fin, compartían unos intereses de clase concretos.
Apellidos chairizos como Araújo, Castro, Corral, Gayón, Paradela o
Sotelo, e incluso los propios hermanos de don José Manuel, Indalecio y Antonio,
se repiten en los puestos de alcalde, tenientes, secretario o juez de paz,
destacando nuestro biografiado entre todos ellos al actuar como pieza clave en
la relación tan íntima entre poder rural y poder urbano, dentro de una economía
que, no nos olvidemos, aún era fundamentalmente agraria.
La
lectura entre líneas de un episodio concreto supone, desde nuestro punto de
vista, una buena muestra del carácter de dichas relaciones. Se trata de un
comunicado fechado a 13 de mayo de 1853 en el que Pedro Fernández Prieto,
alcalde de Canedo, responde a las acusaciones de haber promovido un regalo
(“una fineza”) al gobernador de Ourense don Agustín de Torres Valderrama, con
cargo a los fondos municipales, para obtener el cargo de comisario provincial de
montes y favorecer el triunfo de la candidatura del conde Gimonde en Allariz[20]. Aunque niega la mayor,
el autor reconoce que la idea (que no el hecho en sí) de obsequiar al
gobernador fue real, pero con fines muy distintos, fruto de la iniciativa de
“varios alcaldes y particulares”, entre los que se cuenta el Sr. Miranda. No
nos corresponde a nosotros dirimir la cuestión, pero el episodio resulta una
buena muestra de la existencia de una red de notables locales conectada con el
poder provincial en la que las “finezas”, en la delgada línea que separa la
cortesía del patronazgo y la influencia política, estaban (y siguen) a la orden
del día.
Con
motivo de la Vicalvarada y el cambio de tornas a favor de los progresistas en
1854, veremos a los Miranda desplazados de la alcaldía de Amoeiro en favor del
concuñado de don José Manuel, don Manuel Gayón y Valcárcel, que retendría el
bastón de mando, por lo menos, hasta 1858. En el ínterin, el Sr. Miranda se
desempeñó como juez de paz de Amoeiro, y con la inauguración de los gobiernos
de la Unión Liberal a partir de 1856 sería elegido diputado provincial por los
moderados[21],
así como miembro de la Junta Provincial del Ferrocarril de Galicia[22], estando parcialmente
considerado ya en 1860 como neocatólico[23]. Sin más información que
nos pueda aclarar esta nueva etiqueta, debemos dar por bueno el aserto, vista
la deriva del personaje, y analizar su caso desde una visión general.
En
1850, el partido moderado estaba dividido y desgastado por el largo período de
ejercicio de poder[24]. Ya en la década de 1840,
al calor de los debates sobre la Constitución de 1845, el matrimonio de Isabel
II y las repercusiones de la Revolución de 1848, habían surgido dos tendencias
definidas y opuestas: la monárquico-constitucional, representada por el marqués
de Viluma, y la puritana, liderada por Joaquín Francisco Pacheco. Los primeros
se mostraban partidarios de una reforma constitucional en sentido reaccionario
y buscaban un acercamiento al carlismo, mientras que los segundos, que buscaban
alternar en el poder con los progresistas para evitar la revolución, rechazaban
cualquier modificación del texto y advertían del peligro de la ley fundamental
si ésta dependía de la fracción dominante en cada momento. En una posición
equidistante se encontraba el denominado moderantismo histórico, agrupado en
torno a Narváez, los cuñados Mon y Pidal, Martínez de la Rosa, Miraflores,
González Bravo, Donoso Cortés y Bravo Murillo. Pero fue la formación de un
gabinete de gobierno presidido por este último entre 1851 y 1852, sumado a la
defensa del Concordato de 1851 y la reacción ante la Revolución de 1854, lo que
daría alas a un nuevo partido surgido de la división y el desgaste de los moderados:
los neocatólicos, dirigidos por Cándido Nocedal. Así, los neos adoptaron
una postura defensiva de los derechos de la Iglesia, remarcada notablemente
ante el problema de la libertad de cultos, y de franca hostilidad hacia el
liberalismo que iría en aumento conforme se deterioraban las relaciones entre
Pío IX y los nacionalistas italianos, que le iban arrebatando sus estados. La
coincidencia entre esto último y el hecho de que una edición de 1868 de Los
herejes de Italia, de Cesare Cantù, figure en la biblioteca del Sr. Miranda
hace que nos inclinemos aún más a situar a nuestro biografiado en el campo del
neocatolicismo o, por lo menos, en una posición político-religiosa rayana en el
integrismo. A partir de 1865, como consecuencia del reconocimiento del reino de
Italia, los neos pasarían de una posición independiente, aunque poco
definida, dentro del tradicionalismo fiel a Isabel II, a extremar sus opiniones
antiliberales y a encontrar, en detrimento de la hija de Fernando VII, un mejor
representante de sus principios en la figura del pretendiente carlista dentro
de la comunión católico-monárquica, una vez triunfara la Revolución Gloriosa.
Entendemos
que la influencia de tales acontecimientos, sumado a la pérdida de la alcaldía
en 1867 y la debacle del partido moderado, influyeron en el ánimo del Sr.
Miranda para pasarse, bien desde el convencimiento, el puro tacticismo o tal
vez ambos, a las filas del carlismo, tal y como hicieron tantos moderados
desencantados con el régimen liberal. Así, en febrero de 1870 lo vemos
presidiendo la Junta Provincial del partido carlista, ejerciendo como
secretario el abogado, periodista y escritor don Valentín de Novoa González[25], y dirigiendo tanto una
circular a la Junta Central para suscitar el apoyo a la candidatura a Cortes representada
por un carlista perteneciente a la circunscripción[26], como una felicitación
por su santo a doña Margarita, esposa del pretendiente Carlos VII[27]. Con la deriva de la
revolución, expresada en la Constitución de 1869 y la elección de Amadeo I
(1871-1873), los carlistas se lanzarían a la guerra por tercera vez en 1872, limitándose
don José Manuel, que ya contaba 54 años, a colaborar en la retaguardia[28].
Pero
el final del conflicto no traería, al parecer, represalias contra el Sr. Miranda; todo lo contrario que su correligionario don Valentín de Nóvoa, extrañado en A Coruña y Estella. El proyecto de Restauración pilotado por Cánovas, una
vez fracasada la Primera República (1873-1874), contemplaba atraerse no sólo a
los viejos moderados, sino también a los neocatólicos-carlistas que habían empuñado
las armas. Tal es así que en 1879 lo vemos de nuevo como diputado provincial[29], en la órbita del omnipresente
gobernador civil don José Ramón Bugallal.
Era
el comienzo de una nueva etapa en el ámbito público, tras 12 años de ausencia (sobre
el papel), así como el final de un vía crucis legal que había comenzado en 1865.
Aquel año, el propietario y labrador Pedro González Rodríguez, alias “Coello”, había
denunciado a don José Manuel, su convecino, por rapto y estupro de su hija
María Asunción González Caride, con quien habría tenido cuatro hijos, Eduvigis
(1858-1924), Antonio (1860-1932), Aurelia (1861-1939) y Darío (1864-1866), en
el transcurso de ocho años de convivencia amancebada, entre 1857 y 1865. Según
la parte demandante, un día festivo de mayo de 1857 el Sr. Miranda, contando 40
años y acompañado de su criado Martín Vázquez y un sobrino, Gerardo Varela,
habría salido al paso de María Asunción, de 17 años, procedente de As Cruces
(Bóveda, Amoeiro) en compañía de dos de sus hermanas y una amiga, para cogerla del
brazo y llevársela a su casa de Parada[30]. Otras versiones
incluidas en el expediente contradicen esa versión, poniendo de acuerdo al demandado
y a la ofendida en el lugar de los hechos para irse a vivir juntos. Sea como
fuere, en mayo de 1865 María Asunción habría abandonado el pazo sin conocerse
el motivo, iniciando así su padre, con fama de estafador y picapleitos, una
serie de denuncias cuyo fin último era “sangrar” económicamente a don José
Manuel, pues reclamaba, además de reconocer a los hijos en escritura pública y
entregarlos a la madre, dotar a la ofendida con “cien mil rs. [reales] en
metálico, ó su equivalente en bienes muebles, ó raices” y “administrar para
alimentos” de la prole “la cantidad de ocho rs. diarios” por cada uno de los
hijos, pagaderos por meses adelantados[31].
En
las cuatro misivas enviadas por don José Manuel a Pedro González y a su hija,
adjuntas a la causa de 1865, el Sr. Miranda parece ser consciente de haberse
llevado a María Asunción contra la voluntad de su padre,
(…) Presumo habrá V. recibido carta con la que le
pondrian de mal humor pero confio en que la sensatez y prudencia del Sr. Pedro
Gonzalez mirará las cosas como acostumbra, que no dudará soy su amigo y que
tomo el mayor interes en cuanto á el pertenece por todo lo cual ruego a V. pues
esté tranquilo; (...) su Sra., la Sra.
Catalina y toda la familia le mandan sus afectuosos cariños y Asuncion lo hace
desde esta casa donde se halla viva (…).[32]
así
como de la tensa calma que se vivía en el pazo,
(…) V. debe
saber que las mugeres se estiman segun su modo de conducirse, tiene V. hijos de
que cuidar, nada es para mi tan grato como el obsequio y cuidado que se tenga
con los niños, V. sabe lo que le conviene y con esto creo he dicho lo bastante
(…).[33]
Sin
embargo, los términos afectuosos en los que, en general, el Sr. Miranda se dirige a la madre
de sus hijos; la contestación a la primera demanda, reforzada por
varios testimonios, así como, en fin, el sobreseimiento de la causa en los
supuestos de rapto y estupro, nos hace pensar en la anuencia de la doncella
a la hora de irse a vivir con nuestro biografiado, quien, sintiéndose respaldado por los deseos paternos de ver a su hija vinculada a
los Miranda, hizo promesas de matrimonio a la familia González Caride, confesando
en la intimidad que no quería ser casado nunca, y menos aún con una mujer que, a pesar de la atracción, consideraba socialmente inferior. Transcurrido un año de convivencia, llegaría
el primero de sus hijos, consignados en las respectivas partidas de bautismo (hasta
1878) como hijos de padre incógnito, y sucesivamente tres más, que don José
Manuel se aprestó a reconocer como herederos universales en su testamento,
aunque la parte demandante alegase desconocer esto último. Como el matrimonio
no llegaba, creemos que el “Coello” se impacientó teniendo en cuenta el escándalo
por amancebamiento, amenazó al Sr. Miranda con denunciarlo, siendo aplacado con
dinero, y, finalmente, se decidió a hacerlo tras la salida de su hija en 1865.
Y aun perdiendo la causa y embargado hasta las trancas, contraatacaría con una
nueva demanda en 1867, que también perdería. Nuestro biografiado tampoco lo
pasó precisamente bien. Acuciado por el perjuicio económico causado por los
litigios, incluido el de amancebamiento con escándalo de 1866 por el que fue absuelto, buscó ampliar infructuosamente su patrimonio al reclamar de los
herederos de Antonio Salgado Gundín los bienes pertenecientes al mayorazgo
fundado por éste[34].
Debieron ser días complicados para el apellido Miranda, ultrajado por las
injuriosas acusaciones efectuadas por Pedro González, y viéndose obligado el
señor de la casa a rebozarse en el barro para defender su honor y el de su
familia.
En
cuanto a mis consideraciones, yo creo que ninguna parte era inocente. Don José
Manuel ya le había echado el ojo a Asunción, y el señor Pedro González, que
tonto no era, sabía que ahí había mucha guita. Ambos llegaron a un acuerdo, y
el Sr. Miranda cumplió... a su manera, concibiendo hijos sin pasar por el
altar. La ofensa estaba hecha y el escándalo, servido. Todos, sin embargo, se
olvidaron de la principal víctima, María Asunción, quien, habiendo sido utilizada
por su padre y embaucada con halagos y promesas a tan tierna edad, vivió, a
tenor de la moral de la época, la vergüenza de la deshonra y la desdicha de ser
privada del contacto con sus hijos (uno de ellos, Darío, muerto a los dos años por
amigdalitis), a los que no sobreviviría más allá de 1870.
Como
ya decíamos, a partir de 1874 la vida pública del Sr. Miranda corrió de la mano
de los conservadores de Cánovas y el sistema diseñado para que la Restauración
fuese un éxito, es decir, el turno pacífico entre liberales y conservadores basado
en el fraude electoral y el caciquismo. Con motivo de su elección a los 62 años
como diputado provincial, de vuelta al sufragio censitario, la sección de
“Gacetillas” del cotidiano progresista El trabajo describía así las
elecciones:
Ni por un
ojo de la cara se encuentra un elector estos dias.
En ningun
colegio obtuvo una docena de votos el candidato… ¡Pero hombre! ¿se acabó el
bacalao y el vino?
Cuando el
Sr. Miranda Altamirano sea proclamado Diputado por el distrito de Orense,
examine las actas, bien puede decir con elocuente y persuasiva verdad que
representa a un pueblo… muerto.
Los
empleados de la Diputacion y algunos de la Administracion económica, continúan
sirviendo al Estado y á la provincia y recibiendo votos en los Colegios.
Propongo que pongan bandejas en las mesas y que pidan los votos por amor de
Dios[35].
En
1880 entró a formar parte de la comisión permanente de la diputación[36], ligando su suerte a la del
gobernador Bugallal, y fue objeto de una denuncia, bajo el sugerente título de “caciquismo”,
por parte del liberal El Eco de Orense, que reprodujo el diario La Mañana
y los unionistas católicos de El Fénix[37]. Junto al propio
Bugallal, su cuñado y su hijo, aparecía el nombre de don José Manuel para
denunciar que seguía viviendo en la capital a pesar de haber aceptado una
herencia que, de no cumplir la obligación de residir en Trujillo, tendría que
pasar a manos del hospital del municipio extremeño. Cuatro años después lo sabemos
“alejado de las esferas oficiales y privado de seguir desempeñando el cargo de
diputado provincial” por motivo de enfermedad[38], lo que no le impediría
asumir el bastón de mando de Amoeiro por última vez entre 1888 y 1891, con 71-74
años.
Con
la llegada del siglo XX, nuestro biografiado, que para entonces había batido de
lejos la esperanza de vida de la época (34 años para los hombres y 36 para las
mujeres), no gozaría, sin embargo, de mejor salud para sobrevivir al año 1901, después
de haber librado una última batalla judicial con un sobrino, don José Álvarez-Salgado
Miranda[39]. El señor del Castelo
(Ramiro) había demandado a su tío para reclamar el complemento
de la legítima paterna, es decir, la vigésima parte de una serie de bienes que don
José Joaquín Miranda había legado en usufructo a su viuda, doña Ana González
Sierra, así como las rentas producidas desde el 24 de febrero de 1856, en que
murió la usufructuaria. La sentencia, favorable al sobrino, llegaría en 1900, y
al Sr. Miranda no le quedó más remedio que pagar la cuenta. Consciente de su
final, comenzó asimismo a ceder a su primogénito Antonio la venta de varias fincas
y rentas, si bien parece que lo hizo sin tener en cuenta que había alterado caprichosamente
sus apellidos en los contratos. Tuvo que acudir su hijo al juzgado de Ourense
para acreditar ad-perpetuam, junto con tres testigos, que su padre se
llamaba José Manuel Miranda González Soto y Altamirano, y no de otra manera, para
solucionar el problema[40]. Murió a los 83-84 años, siendo amortajado con su uniforme de maestrante, según dejó dispuesto en su testamento.
Así que, ¿quién fue este tatarabuelo mío? Pues un gran propietario rural de familia linajuda que se dedicó a la política. Nada más y nada menos. Sin mayor excitación que la que pueda provocar, a nuestros ojos, las convenciones y prácticas de la época; cuando los menos ocupaban su puesto en la cima, dominando, y los más obedecían en la llanura. Su vida, que desconozco al detalle, fue guiada por principios y valores propios de su condición que, aun trasnochados e incluso reprobables respecto a los avances jurídicos y legales, seguían siendo de aplicación, sobre todo en las zonas rurales. En lo personal, quiero imaginarme a don José Manuel como un hombre de honor, temeroso de Dios e infinitamente humano, por cuanto los pecados de la carne, contra la moral pública, y la defenestración de una mujer, más víctima que actora en la lid, no podrían eclipsar el amor y la fidelidad a su familia ni tampoco la generosidad con que actuó con tantos que lo necesitaron.
[1] La recreación de
este episodio se debe al escrito de denuncia original que don Eligio Antonio
Domarco Álvarez, al que agradezco su disposición, tuvo la amabilidad de poner
en mis manos.
[2] Así figura en la
relación de demandantes y las partidas de bautismo reproducidas en AHPOU
(Archivo Histórico Provincial de Ourense): Justicia, 8796, Demanda de mayor
cuantía iniciada por don José Manuel Miranda y Altamirano por derecho propio y
con poderes de sus hermanos contra varios sobre suelta y dejación de los bienes
de todas clases con frutos y desperfectos pertenecientes al mayorazgo fundado por
Antonio Salgado Gundín, 1866.
[3] Saavedra,
P. (2009): “La vida en los pazos gallegos: entre la civilidad y la
rudeza” en Chronica Nova, 35: p. 178.
[4] A falta de mayores
indagaciones, la cifra pertenece al 10º argumento expuesto por la parte
demandante en AHPOU: Justicia, 8800, Ordinario por Pedro González alias
Coello, vecino de Vilaboa, de Santiago de Parada (Amoeiro), como padre de María
Asunción, contra D. José Manuel Miranda Altamirano, su comparroquiano, sobre
reclamación de dote, reconocimiento formal de prole y entrega a su madre de los
hijos habidos y existentes del Miranda y la María Asunción, 1867, fol. 6v.
[5] Boletín Oficial de
la Provincia de Ourense (BOPOU) (13/7/1838): Nº56: p. 4. La relación de nombres viene
firmada por D. Pedro María de Villar y Agar, Capitán General del Reino de
Galicia y Subinspector de la Milicia Nacional de la provincia, propietario del
Pazo de Cornoces, el cual figura asimismo en la lista junto a D. Alonso
Babarro, comerciante de la capital; D. Valentín Fernández, Comandante del
primer batallón de la Milicia Nacional de Carballiño, procedente de una familia
de comerciantes acaudalados y alcalde de la misma villa en 1839; D. Alonso
Romero Pérez, Subteniente del primer batallón de la Milicia Nacional de Ourense,
propietario de la parcela donde se situaría el Pompeo del IES Ramón Otero
Pedrayo de Ourense; D. José Rodríguez Álvarez, Comandante del 7º batallón de la
Milicia Nacional de Allariz; D. Juan María de Pazos [Morán], Regidor del
ayuntamiento de la capital, destacado impresor y editor, natural de Santiago;
D. Francisco Pérez [Bobo], comerciante de la capital, responsable de la
construcción del actual edificio de la Diputación Provincial de Ourense, y D.
Manuel Fernández, Nacional del primer batallón de Ourense, del cual no podemos acreditar
su identidad con seguridad.
[6] Otero Pedrayo,
R. (8/2/1959): “Un elenco de mucho peso” en La Región, Nº15239: p. 1.
Aunque desconozcamos la fuente de Otero Pedrayo, podría haberse tratado de su
propio abuelo, don Ramón Pedrayo Silva (1822-1899), abogado y alcalde de
Ourense en 1854, el cual conoció a don José Manuel personalmente, teniéndolo
como compañero de filas en el partido conservador y en la Diputación Provincial
en la década de 1880.
[7] Real Decreto, de 26 de agosto de 1836, mandando movilizar la Milicia Nacional publicado en el BOPOU (6/9/1836): Nº71: p. 2.
[8] Reglas de la Comisión de Armamento y Defensa publicadas en el BOPOU (25/10/1836): Nº85: pp. 2-3.
[9] Cfr. la actividad
de las facciones carlistas en el área del Bajo Miño en Barreiro Fernández, X. R. (2008): O carlismo galego,
Edicións Laiovento, p. 95.
[10] Rivera Rodríguez, M. T. (1981): Los
pazos orensanos, A Coruña, Caja de Ahorros Provincial de Orense, p. 381.
[11] Domarco Álvarez, E. A. (31/8/2017): “A
firma e xuramento da Constitución de 1812 en Parada de Amoeiro” en Parada de
Amoeiro. Ensaiando unha historia, https://paradadeamoeiro.blogspot.com/2017/08/a-firma-e-xuramento-da-constitucion-de.html
[12] Archivo de la Real
Academia Galega (ARAG): Asociaciones, Carpeta 81-1-4, Oficios de diferentes
personalidades galegas contestando á Deputación Provincial de Galicia, á súa
invitación a formar parte da Sociedade Económica de Amigos do País da Coruña,
José Joaquín Miranda y Soto (Parada de Amoeiro).
[13] Diario de las
Sesiones de Cortes (13/11/1837): Nº1: p. 2.
[14] V.V.A.A (1996): Historia
de Ourense, A Coruña, Vía Láctea Editorial, p. 303.
[15] Fernández Sebastián, J. et Fuentes, J. F.
(dirs.) (2002): Diccionario político y social del siglo XIX español,
Madrid, Alianza Editorial, p. 450.
[16] Casals Bergès, Q.: “La normativa municipal española a mediados del siglo XIX. Espacio electoral y definición social del modelo liberal en Lleida”, Univerdidad de Lleida.
[17] Pérez
Rodríguez, A. C. (2015): “El alcalde del liberalismo moderado, teoría y
práctica (1845-1868)” en REALA, 3: pp. 190-191.
[18] BOPOU (11/2/1845): Nº18: p. 3.
[20] La Nación (18/5/1853): Año V, Nº
1532: p. 3.
[21] El Estado (3/7/1858): Año III,
Nº507: p. 3.
[22] BOPOU (15/5/1860): Nº58: pp. 1-2.
[23] Las Novedades
(1/8/1860): Año XI, Nº3553: p. 1.
[24] Este punto debe su
desarrollo a las valiosísimas aportaciones de Urigüen,
B. (1986): Orígenes y evolución de la derecha española: el
neo-catolicismo, Madrid, CSIC.
[25] El Pensamiento
español (28/2/1870): Año XI, Nº 3098: p. 2. Eran vocales de la misma junta provincial
el profesor de Filosofía y Letras Alejandro Fraga Pallín; el propietario y
farmacéutico José María Saco y Noguerol, padre del profesor y lingüista Juan
Antonio Saco y Arce; el médico José Alonso Mosquera; el recaudador municipal
Mariano Sánchez; Ramón Deza Ibáñez, Juan Adrio y Fermín Lago.
[26] La Esperanza
(15/2/1870): Año XXVI, Nº 7766: p. 2.
[27] La Esperanza
(10/6/1870): Año XXVI, Nº 7802: p. 1.
[28] Comesaña Paz, A. (2016): Hijos del
Trueno. La tercera Guerra Carlista en Galicia y el Norte de Portugal, Madrid,
SCHEDAS, p. 153.
[29] El heraldo gallego (5/12(1879): Año
VI, Nº 359: p. 484.
[30] Ésta y otras versiones están recogidas
en AHPOU: Justicia, 8890, Causa por denuncia de Pedro Gonzalez de Parada de
Amoeiro contra D. Jose Manuel Miranda Altamirano su convecino sobre rapto y
estupro de Dña. Maria Asuncion Gonzalez hija del Pedro, 1865.
[31] AHPOU: Justicia, 8800,
Ordinario por Pedro González alias Coello, vecino de Vilaboa, de Santiago de
Parada (Amoeiro), como padre de María Asunción, contra D. José Manuel Miranda
Altamirano, su comparroquiano, sobre reclamación de dote, reconocimiento formal
de prole y entrega a su madre de los hijos habidos y existentes del Miranda y
la María Asunción, 1867, fol. 5.
[32] Fragmento de una
carta enviada por don José Manuel Miranda desde Parada de Amoeiro, a fecha de 20
de mayo de 1857, a Pedro González, por entonces ausente de la parroquia. Puede
verse original en AHPOU: Justicia, 8890, Causa por denuncia de Pedro
Gonzalez (…), y transcrita en AHPOU: Justicia, 8800, Ordinario por Pedro
González (…), 1867, fol. 65 y 65v.
[33] Fragmento de una carta enviada por don José Manuel Miranda desde Vilar de Covelas, a fecha de 5 de septiembre (sin constar el año), a María Asunción González en Parada de Amoeiro. Puede verse original en AHPOU: Justicia, 8890, Causa por denuncia de Pedro Gonzalez (…), y transcrita en AHPOU: Justicia, 8800, Ordinario por Pedro González (…), 1867, fol. 65v y 66.
[34] AHPOU: Justicia, 8796, Demanda de mayor cuantía iniciada por don José
Manuel Miranda y Altamirano por derecho propio y con poderes de sus hermanos
contra varios sobre suelta y dejación de los bienes de todas clases con frutos
y desperfectos pertenecientes al mayorazgo fundado por Antonio Salgado Gundín,
1866.
[35] El trabajo (3/12/1879): Año II,
Nº 107: p. 1.
[36] La ilustración gallega y asturiana
(30/12/1879): Nº 36; p. 11.
[37] El Fénix (24/11/1880): Año II,
Nº556: p. 2
[38] El Eco de Orense (30/8/1884),
Año V, Nº 395: p. 3 e Ibíd. (13/9/1884):
Año V, Nº 399: p. 3.
[39] El Miño (11/11/1900): Año III,
Nº 609: pp. 2-3.
[40] AHPOU: Justicia, 8842, D. Antonio
Miranda González, de Amoeiro, sobre información ad-perpetuam, para acreditar
que D. Manuel Miranda González Soto Altamirano, usó varias maneras de
apellidarse, 1900.
Magnífico relato, Pablo. Ahora entiendo mejor el sentido de algunos documentos que manejé para descifrar la historia del pueblo de mi nacimiento. El Coto de Parada de Amoeiro.
ResponderEliminarLa hermana de don Antonio, Florencia, junto con el Presbítero de Poutás don José Chao fueron los padrinos de bautismo de mi Tatarabuelo Juan González González el 30-04-1825
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