Don Valentín Cid Vázquez
2 de febrero de 1900. Catedral de Ourense. 00:30 AM.
En
el rotundo silencio de la noche, ante la doliente imagen del Santo Cristo, don
Valentín Cid Vázquez mantiene viva la oración que rinde tributo al Santísimo
Sacramento. Mientras el mundo duerme, los adoradores vigilan, y el Sr. Cid, de
los más fervientes, cubre su turno gratísimo; ensimismado; absorto en los rezos
y la cuenta de los misterios. Ahí fuera, sin embargo, pintan bastos. Tres cacos
intentan asaltar su platería de la calle don Juan de Austria, pero, por allí,
procedente de la sociedad Unión Orensana, regresa a casa el cajista de la
imprenta de El Miño, don Víctor Fernández, que da cuenta a los
municipales de los extraños ruidos salidos del negro interior de la hojalatería
contigua a la tienda de don Valentín. Con el asunto saltando de boca en boca, la
acometida de la Guardia Civil pone fin al frustrado atraco: los tres ladrones, que
se negaban a entregarse, son detenidos y puestos inmediatamente a disposición
del juez[1]. El Sr. Cid ya nunca
olvidará aquel día. Quedan como prueba el reloj y la leontina de oro que regaló
a su salvador, don Víctor Fernández[2], y un cáliz de plata que,
según la inscripción de su base, ofreció en 1903 a la Adoración Nocturna de
Ourense en acción de gracias por el beneficio recibido aquella noche[3].
Pero a don Valentín no se le puede reducir, cual metal precioso, al molde de su fragua, que a varias generaciones de plateros ha visto pasar desde los tiempos de Alfonso Cide[4], si bien la fundación del negocio data, que yo sepa, de 1863. Los ourensanos han escrutado en su corazón y no han visto más que anchas avenidas por las que circula el flujo de la compasión y la bondad. Así ocupa, por piadoso, el puesto de presidente del asilo de niños huérfanos, haciéndolo depositario de los tantísimos donativos que afluyen a las arcas del establecimiento[5], situado en la calle de la Barrera. Y como los caminos de la fe aún van parejos a los de la política, más aún en un bastión conservador como la Bella Auria, al Sr. Cid se le da por recorrer el de la legitimidad de Carlos VII. Y ahí le vemos, en 1904, ocupando el puesto de vocal de la junta directiva del círculo tradicionalista[6], poco antes de que caiga gravemente enfermo y le sea administrado el santo viático[7]. Pero debiera haber ofrecido otro exvoto don Valentín, pues no quiso la muerte llamarlo aún a su lado. Lo ronda, eso sí, apurándolo a preparar su marcha: de un lado, en 1909 entra como aprendiz el que acabará siendo, a la larga, dueño de la Joyería Cid, don Eligio Rodríguez González, y, de otro, el Maestro va soltando el timón en favor de su único hijo, mi bisabuelo don Manuel (ver retrato), quien se encargará en 1919 de trasladar el negocio a su actual localización[8], reconvertido (para mi desdicha) en una tienda de chucherías. Tengan presentes los transeúntes, cuando un domingo cualquiera surtan su paladar con los dulces de su tienda, que, tal y como terciaba mi tatarabuelo en una Crónica Literaria de 1903, es “sabia la ley del descanso dominical por fundarse en otra del decálogo; pero no menos sabia sería otra ley que declarase las joyas y alhajas artículos de primera necesidad”[9]; tan merecedoras del reclamo en verso de O Tío Marcos d’a Portela:
Xoyería mais sortida
e que venda mais barato;
reloxería mais fina
e taller tan ben montado
Com’o que Valentin Cid
ten d’a Catedral n-os baixos,
non s’atopa deica Vigo
nin de Vigo a Santiago.
Por forza tedes que velo
e de visto confesalo,
e non mercar n-outro sitio
se queredes aforrar cartos.[10]
Volviendo
al caso, es así como el Sr. Cid, disponiendo todo, llega al límite de sus
fuerzas en 1914, dejando aquí una viuda desconsolada, la maestra de la Normal
doña Cándida Rodríguez; un hijo, tres nietos, y todo un pueblo postrado al pie
de su tumba[11].
De
ahí a un tiempo, la afectada vista del nuevo Maestro, don Manuel Cid, quien precavidamente ha encauzado a sus hijos por las carreras de la pedagogía (María) y el derecho
(Manolo y Cándido), concitará el definitivo conjuro: “se acabó”. Una desafortunada
operación de vista en Lisboa le apartará definitivamente de la joyería[12], que vende en 1928 prácticamente
ciego a su segundo al mando, el ya citado don Eligio[13]. Adiós al oficio y al
cenáculo intelectual que allí se dio cita[14].
Era el fin de los plateros. Llegaban los licenciados.
[1] Detalles del suceso en El Miño
(2/2/1900): Nº 381, p. 2. Según El Correo de Lugo (8/2/1900): Nº 155, p.
2, los ladrones “son desconocidos y extraños á la población: uno de 39 años,
otro de 32 y el tercero de 27; los dos primeros visten decentemente con
sombreros hongos y capas, y el último una boina y manta.” La Idea Moderna
(4/2/1900): Nº 2752, p. 2, consigna que “Dijeron llamarse Francisco Morón
Antón, de 39 años, natural de Madrid; Pedro Nogués Novellos, de 32 años, de
Zaragoza, y José García Soriano, de 27 años, de Alhama de Aragón; todos vecinos
de Madrid.” La noticia del suceso sigue con los pormenores de la comisión del
delito. El Lucense (5/2/1900): Nº 4506, p. 2, informa de que el dueño de
la platería, “hombre piadoso, hallábase en el momento del robo practicando
ejercicios religiosos en la iglesia como socio de la Adoración nocturna.” A
raíz del revuelo, Don Valentín y otros comerciantes se asociaron para crear una
plaza de sereno que garantizase sus intereses, tal y como nos informa El
Miño (7/2/1900): Nº 384, p. 2. Según El Miño (21/9/1900): Nº 566, p.
2, reproducido en La Idea Moderna (23/9/1900): Nº 2934, p. 2, vista la
causa en la audiencia de Ourense, se dictó sentencia condenando a Manuel
Francisco González a dos años de presidio correccional por el delito de
tentativa de robo, y a cuatro meses de arresto mayor y multa de 150 pesetas por
uso de nombre supuesto, ya que había dicho ser Francisco Morón Antón. A los
otros dos se les impuso la pena de cuatro meses de arresto mayor por no
habérseles apreciado circunstancias agravantes.
[2] El Miño
(4/2/1900): Nº 382, p. 2, reproducido en La Idea Moderna (6/2/1900): Nº
2753, p. 2, y El Lucense (8/2/1900): Nº 4509: p. 2. Si
[3] González
García, M. A. (2009): “Un cáliz de la Real Platería Martínez en la
parroquia de Santo Domingo de Ourense” en Notas de patrimonio auriense, vol.
I, pp. 3-8.
[4] Montes Cid, D.: Nosotros,
los Montes de Bande. Historia de una familia, p. 108.
[5] Así figura en El Lucense
(15/03/1901): Nº 4832, p. 2; El Áncora: diario católico de Pontevedra
(22/10/1902): Nº 1535: p. 2; El Correo de Galicia (1/5/1905): p. 2; El
Miño (22/4/1902): Nº 1034, p. 2; El Áncora: diario católico de
Pontevedra (17/10/1903): Nº 1824: p. 2; El Miño (5/2/1904): Nº 1561,
p. 1.
[6] El Áncora: diario
católico de Pontevedra (8/1/1904): Nº 1890: p. 2. Presidente, don Manuel
Diéguez Arias; vicepresidente, don Carlos de Nóvoa; tesorero, don José Delage;
contador, don Eligio Suárez; secretario, don Manuel Vicente; vocales, don
Valentín Cid y don Adolfo Docampo. Consignado asimismo por La
Correspondencia Gallega (8/1/1904): Nº 4183, p. 2, y El Miño
(8/5/1904): Nº 1538, p. 2.
[7] El Miño
(29/4/1904): Nº 1926, p. 2. Consignado asimismo en El Correo de Galicia
(1/5/1905): p. 2.
[8] La Región
(17/1/2015): “Eligio Rodríguez, casi siglo y medio de joyería ourensana”.
[9] Crónica
Literaria (22/11/1903): Nº4: p. 6.
[10] O Tío Marcos d’a
Portela (21/1/1919): Nº 47, p. 8.
[11] Necrológica en La
Región (3/4/1914): Nº 1258: p. 2.
[12] Montes Cid, D.: op. cit., p. 111.
[13] La Región
(17/1/2015): op. cit.
[14] La Región
(2/5/1940): Nº 7935: p. 4, cita, entre otros, a Marcelo Macías, Salvador
Padilla, Benito Fernández Alonso, Lamas Carvajal, Arturo Vázquez o Martínez
Sueiro.


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